ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA
SUPLEMENTO 3 + 2018 - AÑO X + ISSN 1989-4104
Los ETERNOS TOLTECAS: HISTORIA Y VERDAD DURANTE LA TRANSICIÓN DEL PERIODO AZTECA AL COLONIAL EN TULA, HIDALGO. 7/e
Enduring Toltecs: History and Truth During the Aztec-to-Colonial Transition at Tula, Hidalgo (pp. 3-27).
IMPLEMENTANDO UN ÍNDICE MÁS OBJETIVO PARA MEDIR LA RELEVANCIA Y EL IMPACTO DE LAS REVISTAS CIENTÍFICAS. Implementing a
More Objective Index to Measure the Relevance and Impact of Scientific Journals (pp. 28-34).
IDENTIFICACIÓN DE COMPONENTES ARQUEOLÓGICOS A TRAVÉS DE TÉCNICAS NUMÉRICAS: UN CASO DE APLICACIÓN. /dentification of
Archaeological Components through Numerical Techniques: An Application Case (pp. 35-37).
Supplement of Arqueol. Iberoam. A Peer-Reviewed Open Access Journal
of World Archaeology. Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea.
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ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA
SUPLEMENTO 3 + AÑO X + 2018 + ISSN 1989-4104
SUPPLEMENT OF ARQUEOL. IBEROAM.
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LOS ETERNOS TOLTECAS: HISTORIA Y VERDAD DURANTE
LA TRANSICION DEL PERIODO AZTECA AL COLONIAL
EN TULA, HIDALGO
The Enduring Toltecs: History and Truth During the
Aztec-to-Colonial Transition at Tula, Hidalgo
Shannon Dugan Iverson
Rice University, Houston, Texas, USA
(s.dugan.iversonfgmail.com)
NOTED ARCHEOLOGICAL SITES*
(PARTIAL LISTING OF SITES)
9 Grandes
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Source: National Geographic Society. “Archacological Map of Middle America”
The National Geographic Magazine, Vol. 134, Nov. 4. 1968.
Figura 1. Sitios arqueológicos mencionados en el texto y una inserción que muestra la ubicación de Tula (Junta de Regentes de la
Universidad de Texas, 1975, adaptada por la autora. Imagen cortesía de las Bibliotecas de la Universidad de Texas,
Universidad de Texas en Austin).
Artículo traducido al español por la Mtra. Nelly Zoé Núñez Rendón y la Dra. Kristin S. Sullivan. Originalmente publicado
en inglés en el Journal of Archaeological Method and Theory, https://doi.org/10.1007/s10816-017-9316-4.
Received: April 19, 2018. Accepted: May 7, 2018. Published: May 31, 2018.
Edited Published by Pascual Izquierdo-Egea. English proofreading by Shannon Dugan Iverson.
Open Access Journal Supplement of Arqueol. Iberoam. License CC BY 3.0 ES. http://purl.org/aia/S301.
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RESUMEN. Tula, Hidalgo, fue una importante ciudad del periodo Posclásico Temprano que dominó gran parte del
centro de México así como las regiones adyacentes al norte y oeste. Durante muchas décadas, se pensaba que Tula era la
ciudad que los primeros documentos coloniales llamaron Tollan, «el lugar donde abundan los tules». Está claro que los
aztecas, quienes fundaron un imperio posterior que dominó un área mucho más grande, veneraban a Tollan y se vin-
cularon con los toltecas y su ciudad de diversas formas. Investigaciones recientes han cuestionado si Tula en verdad fue
la Tollan que los aztecas veneraban; más bien, Tollan pudo haber sido un concepto que se refería a todas las grandes
civilizaciones que precedieron a los aztecas. Estas dos perspectivas, las cuales enmarcan el «debate sobre una única
Tollan o múltiples Tollans», tienen importantes consecuencias para comprender el periodo Posclásico Temprano, así
como el concepto de poder durante la época colonial. Para entender las relaciones de los aztecas con el pasado y las
consecuencias de esas relaciones en tiempos del virreinato, es importante dejar de lado la búsqueda de la verdad. En
lugar de esto, me concentro en las narraciones históricas y los efectos sociales, materiales y biológicos que produjeron,
incluyendo las intervenciones en Tula durante los periodos Azteca Temprano y Tardío. Los datos de Jorge Acosta propor-
cionan evidencias de un ritual de terminación durante el periodo Azteca Temprano y una ceremonia del Fuego Nuevo
durante el periodo Azteca Tardío que marcó el comienzo de un nuevo auge poblacional en Tula. A su vez, estas conexio-
nes permitieron el ascenso sin precedentes de la familia Moctezuma durante la época colonial. Esta evidencia forma
parte de un argumento más amplio donde las dos posturas del debate sobre Tula no son mutuamente excluyentes. Más
bien, ambas forman parte de los intentos de controlar, reivindicar y reverenciar el pasado en los campos de poder intrín-
secamente inestables que caracterizaron los periodos Posclásico Tardío y Colonial Temprano en el centro de México.
PALABRAS CLAVE. Memoria; aztecas; Tula; ritual de terminación; ceremonia del Fuego Nuevo.
ABSTRACT. Tula, Hidalgo, was an important early Postclassic city that dominated much of central Mexico as well as
adjacent regions to its north and west. For many decades, Tula was thought to be the city that early colonial documents
referred to as “Tollan”, or “place of' the reeds”. It is clear that the Aztec Empire, a later civilization that dominated a
much larger area, revered Tollan and connected themselves to the city and its people, the Toltecs, in various ways. Recent
research has questioned whether Tula was indeed the Tollan that the Aztecs revered; instead, Tollan may have been a
concept that referred to all of the great civilizations that preceded the Aztecs. These two perspectives, which I frame as
the “single Tollanfmany Tollans” debate, have important consequences for our understanding of the early Postclassic
period as well as colonial configurations of power. I argue that to understand the Aztecs' relationships with their past,
and the colonial consequences of those relationships, it is important to shifi away from questions of truth. Instead, I
concentrate on historical narratives and the social, material, and biological effects that they produced, including the
early and late Aztec interventions at Tula. 1 argue that Jorge Acostas data provide evidence for an Early Aztec period
termination ritual and a Late Aztec period New Fire ceremony that ushered in a new population boom at Tula. In
turn, these connections allowed for the unprecedented rise of the Moctezuma family during the colonial period. This
evidence forms part ofa broader argument that the two sides of the Tula debate are not mutually exclusive. Rather, they
both form part of attempts to control, claim, and revere the past in the inherently unstable fields of power that characterized
the late Postclassic and early colonial periods in central Mexico.
KEYWORDS. Memory; Aztec; Tula; termination ritual; New Fire ceremony.
INTRODUCCIÓN
y el oeste, con un radio de influencia aún mayor que
iba más allá de esa región (Healan 2012: 93-94). Se su-
Tula, Hidalgo (figs. 1 y 2), fue una ciudad del perio- ponía que Tula era 7ollan, una ciudad que posterior-
do Posclásico Temprano que floreció entre 900 y 1150 mente la civilización azteca! y sus descendientes colo-
d. C. Durante su apogeo, la extensión urbana de Tula
medía aproximadamente 16 km? (Healan 2012: 100),
! En este artículo utilizo el término «azteca» con dos propósi-
tos: referirme a un grupo de personas e indicar tipos particulares
con una población urbana de quizás 60.000 personas
(Healan y Stoutamire 1989: 235). El asentamiento ru-
ral de Tula se extendió unos 13.000 km? hacia el norte
de cultura material (principalmente la cerámica tipo Negro sobre
Anaranjado), que a su vez definen dos periodos de tiempo en la
Cuenca de México. Cuando se utiliza para referirse a la gente, el
bn
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Adoratorio
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Figura 2. Tula Grande: centro ceremonial de la ciudad dura
nte la fase Tollan. Los edificios detallados se basan en las
investigaciones más recientes en el recinto central. Los aztecas construyeron un altar en la esquina noroeste
de la Pirámide C (imagen de
término azteca es polémico porque es una palabra moderna etíic
(Nichols y Rodríguez-Alegría 2017). En este caso, sigo a Elizabeth
Boone (2000: 11) en el uso del término azteca para referirme a
«los pueblos del habla náhuatl del centro de México que compar-
Healan 2012: 61, fig. 7).
tían un sistema político, religión e iconografía en común». Tam-
bién adopto el término «mexica» para referirme específicamente
alos habitantes de Tenochtitlán (Boone 2000: 11). Mexica es un
término emic y es anterior al establecimiento del Imperio azteca.
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niales enfatizaron en sus documentos. Las élites azte-
cas se identificaron con los habitantes de 7Zollan, los
toltecas, de diferentes maneras: celebraron las obras
toltecas mediante poemas, canciones e historias; sus
emperadores se casaron con mujeres provenientes de
Tula, copiaron el arte y la arquitectura de Tula y exca-
varon las reliquias de la ciudad (Brinton 1969; Chip-
man 2005; Davies 1977, 1980; Umberger 1987).
Los documentos coloniales dejan en claro que los
toltecas proporcionaron un modelo de civilización (arte,
lenguaje, tiempo, mito, militarismo y gobierno) al
emergente Estado azteca (p. ej., Berdan 2014: 36; Chip-
man 2005; Smith 2008). Los aztecas atribuyeron a los
toltecas el descubrimiento de la medicina, el sistema
calendárico y el «verdadero lenguaje» náhuatl (Sahagún
et al. 1961). Los logros toltecas en la civilización signi-
ficaban «todo lo bueno, todo lo perfecto, todo lo ma-
ravilloso, todo lo sorprendente» (Sahagún et al. 1961,
libro X: 166). En la descripción de los toltecas que hace
Sahagún, la civilización de Zollan era una sinécdoque
para todas las grandes ciudades del periodo Posclásico
Temprano, así como un lugar histórico en particular:
«Y estos, los rastros de los toltecas, sus pirámides, sus
montículos, etc., no solo aparecen allí en los lugares
llamados Tula [y] Xicocotitlán, sino que prácticamen-
te en todas partes se encuentran enterrados...» (Sahagún
et al. 1961). A pesar de esta veneración (o más bien,
como consecuencia de ella, como postularé), los regis-
tros arqueológicos muestran que la cerámica azteca
apareció en Tula durante el periodo Posclásico Medio
(1150-1350 d. C.) y se encuentra asociada con la des-
trucción de varios edificios antiguos y valioso arte mo-
numental tolteca. En un periodo posterior, el pueblo
azteca se estableció en Tula en gran número, constru-
La cultura material azteca, que en este artículo se refiere princi-
palmente a la cerámica producida en la Cuenca de México, se
correlaciona parcialmente con las personas a las que llamo azte-
cas, aunque fue utilizada por un grupo aún más diverso de indivi-
duos. La cerámica azteca, en particular la del tipo distintivo Ne-
gro sobre Anaranjado, se concentra en la Cuenca de México. En
las fases posteriores, la cerámica Azteca MI del tipo Negro sobre
Anaranjado (fechada entre 1350 y 1520 d. C.) también aparece
como cerámica de importación en distantes ciudades-estado, a
cientos de kilómetros de Tenochtitlán, si bien continuó produ-
ciéndose en la Cuenca (Smith 1990). La cerámica azteca es indi-
cativa de la importancia del intercambio en vez del control impe-
rial (Smith 1990: 163-164). La división cronológica común entre
los periodos Azteca Temprano (Azteca 1/IL, 1100-1350 d. C.) y
Azteca Tardío (Azteca IM/TV, 1350 d. C. al siglo XVI) se corres-
ponde aproximadamente con los periodos anterior y posterior a
la fundación de Tenochtitlán según las fuentes etnohistóricas, res-
pectivamente (Minc 2017).
yendo sus propios edificios encima de las ruinas de las
construcciones antiguas. En el periodo colonial, estas
relaciones permitieron a los nobles aztecas recibir una
encomienda en la región de Tula que finalmente les per-
mitió catapultarse al poder en el sistema virreinal espa-
ñol.
Sin embargo, la identificación de Tula como 7ollan
ha sido cuestionada continuamente, en parte porque
los datos arqueológicos y textuales se han utilizado para
reforzar una versión de la historia en lugar de poner en
duda la narración (Gillespie 2007). De varias maneras,
los restos arqueológicos de Tula no coinciden con la
grandeza que se les atribuye en los documentos colo-
niales. Por ejemplo, aunque Tula fue la ciudad más im-
portante del centro de México durante el periodo Pos-
clásico Temprano, es enana en comparación con su
antecesora, la gigantesca ciudad de Teotihuacán, y su
sucesora, Tenochtitlán, la capital del Imperio azteca;
ambas tenían poblaciones de por lo menos 100.000
personas. Además, Tula se construyó principalmente
con adobe, un material de no tan larga duración, por
lo que no dejó ruinas impresionantes (Healan 2012).
Estas inconsistencias han llevado a muchos estudiosos
a afirmar que los relatos aztecas sobre 70/lan (como Tula)
eran «erróneos o muy exagerados. Sería absurdo consi-
derar hoy en día a los toltecas como los inventores del
calendario y las diversas artes y artesanías de Mesoamé-
rica, ya que ahora sabemos que estos rasgos se origina-
ron varios milenios antes de los toltecas» (Smith 2008:
85; véase también Davies 1977: 44-45).
La identificación de Tula también es problemática
debido a las confusiones que rodean a los términos uti-
lizados para describir a Tollan y sus habitantes. Por
ejemplo, «tolteca» es una palabra náhuatl que significa
tanto «maestro artesano» como «habitante de Tula, Hi-
dalgo». Tula es una corrupción de la palabra «Tollan»,
un término náhuatl que se refiere en un sentido especí-
fico a Tula, Hidalgo (Helean 1989: 3). Sin embargo,
Tollan también tiene un significado más general, «el
lugar donde abundan los tules», lo cual se refiere en un
sentido metafórico a todas las grandes ciudades (Ca-
rrasco 1982: 64-65; Smith 2008: 24). La confusión
también rodea a la leyenda contada en asociación con
Tollan. Esta historia hace referencia a un gobernante-
sacerdote llamado Topiltzin Ce-Acatl Quetzalcóatl (o
alguna combinación de esos nombres), quien fue tan-
to el fundador de Tollan como su gobernante en el
momento de su colapso, dependiendo de la fuente
(Davies 1977: 372-373). La historia de este hombre-
dios y la legendaria ciudad se encuentra en 75 fuentes,
in
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de acuerdo con H. B. Nicholson (2001), y se enseñaba
en los calmécacs del Imperio azteca (Carrasco 1982: 76-
77). Así como los otros conceptos relacionados con
Tollan, las narraciones sobre Topiltzin apuntan a múlti-
ples significados e interpretaciones. En varias versiones
de la historia, Zopiltzin es un sacerdote virtuoso quien
es engañado por el dios Tezcatlipoca para beber pulque,
una bebida alcohólica (p. ej., Tena, trad., 2011: 43).
Esto le deshonra y le hace caer en desgracia con su pue-
blo, forzándole a abandonar 7o/llan (Diehl 1983: 159;
Nicholson 2001). En otra fuente, Tezcatlipoca informa
a Topiltzin que debe abandonar Tollan para ir a Tlapa-
lla en Honduras (Nicholson 2001: 6). En la mayoría
de las versiones de esta historia, Zopiltzin gobierna al
principio o al final del reinado de Tollan y el dios Tez-
catlipoca interviene para expulsar a Topiltzin de la
ciudad (Davies 1977: 372-373).
Tres fuentes de confusión envuelven al protagonista
del cuento de 7ollan: la primera, el gobernante sacer-
dotal Topiltzin está conectado a (y un poco mezclado
con) un dios mesoamericano conocido como Ehécatl
Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, el dios creador y
el dios del viento. La segunda fuente de confusión es
que el cuento es relatado de muchas maneras diferen-
tes, dando como resultado un patrón en el que muchas
fuentes parecen referirse a la patria de la figura de 7o-
piltzin como Tula, Hidalgo, pero otras fuentes son más
vagas. La eventual migración de Topiltzin también ha
llevado a algunos estudiosos a suponer que los toltecas
emigraron desde el centro de México para invadir y
conquistar partes de la región maya (tema que explora-
ré con más detalle en la siguiente sección). Finalmen-
te, así como con los otros términos asociados con Tollan,
Topiltzin y el apéndice Quetzalcóatl probablemente llegó
a significar «gobernante» en un sentido genérico, en
lugar de referirse a una persona específica (Davies 1977:
23)
Los múltiples significados y asociaciones entre los
diversos conceptos relacionados con Tollan identifica-
dos anteriormente han sido fuente de mucha confu-
sión. Los eruditos han vacilado entre una visión que
posiciona a Tula, Hidalgo, como la7Zollan (la perspecti-
va de la única Tollan) y una visión que entiende que
muchas grandes ciudades del pasado azteca pudieron
ser Zollans (la perspectiva de múltiples 7ollans). En el
centro de este debate están las preguntas que, si se pu-
dieran contestar, iluminarían muchos aspectos del pa-
sado mesoamericano. Por ejemplo, ¿cómo entendieron
e interactuaron los aztecas con su pasado, y fue más pa-
recido al concepto actual de la «historia» o al de la
«memoria»? ¿Son los primeros documentos coloniales
que describen a Zollan como demasiado «fragmentaria,
propagandística y mítica» útiles para hacer una histo-
ria empírica (Smith 2007: 589-590)? ¿Es la asociación
de Tollan con Tula, Hidalgo, un «mito arqueológico»
(Gillespie 2007)? ¿Pueden estos relatos ser utilizados
para entender la naturaleza de las confusas relaciones
entre las ciudades-estado durante un periodo Posclási-
co Temprano poco entendido? A continuación, plan-
teo que un marco teórico que enfatiza las narraciones y
los efectos históricos particulares más que la verdad his-
tórica puede construir un camino para una nueva in-
terpretación en las relaciones de los aztecas con sus pre-
decesores toltecas.
LA HISTORIA Y LA MEMORIA
Las cuestiones historiográficas antes mencionadas no
son exclusivas del caso Tollan. Preguntas similares ro-
dean el uso de historias populares, relatos orales y otras
formas de recuerdo colectivo. Frente a las formas de his-
toricismo que no siempre se parecen a las metodolo-
gías conocidas de la producción histórica occidental,
los arqueólogos utilizaron el concepto de memoria so-
cial para interpretar cómo las sociedades pasadas con-
cibieron su propio pasado. La memoria social es un con-
cepto tomado de los historiadores, particularmente de
la Escuela de los Annales de Francia. El término apare-
ció por primera vez en las obras del historiador Marc
Bloch y del sociólogo francés Maurice Halbwachs, aun-
que no ganó fuerza hasta los años setenta (Lavabre 2009:
364; Olick e+ Robbins 1998a, 1998b: 106). Dentro del
campo de la historia, la memoria se define como una
forma popular de recuerdo colectivo en contraste con
la forma oficial, empírica o académica de la historia.
Como tal, la memoria depende de ejes de identidad,
pertenencia a grupos, religión y otras afiliaciones (Van
Dyke e*Alcock 2003: 2). Es popular y populista (Nora
1989; Samuel 1994); viene «desde abajo» orgánicamen-
te o a través de la interacción dialéctica con, o median-
te, el cuestionamiento de las historias oficiales (Nora
1989; Samuel 1994: 3-8); puede manipularse para le-
gitimar a la autoridad (Hobsbawm Ranger 1983; Van
Dyke e Alcock 2003: 3); o puede manifestarse como
una fuerza en crecimiento para recordar traumas co-
lectivos frente a un olvido sancionado por el Estado (por
ejemplo, los recuerdos colectivos de los sobrevivientes
del Holocausto o los familiares de los desaparecidos en
Argentina, véase Alexander et al. 2004). Sin embargo,
ss
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
el concepto de la memoria social es tan diverso y se su-
perpone a la historia «oficial» en tal grado que «... las
concepciones compartidas que presiden el uso del con-
cepto difícilmente pueden resistir la complejidad y he-
terogeneidad del fenómeno llamado por consenso 'me-
moria» (Lavabre 2009: 363).
Los arqueólogos definen la memoria social, incluso
más ampliamente que los historiadores, como «la cons-
trucción de una noción colectiva (no una creencia in-
dividual) acerca de cómo eran las cosas en el pasado»
(Van Dyke 4 Alcock 2003: 2). Esta definición amplia
agrega otra capa de complejidad a la relación entre la
historia y la memoria, ya que en su uso arqueológico el
término memoria se aplica a los estados (como el Im-
perio azteca) que, sin duda, creaban y mantenían his-
torias «oficiales». La aplicación arqueológica del térmi-
no también sufre dificultades conceptuales adicionales
porque no está claro cuándo la memoria termina y co-
mienza la historia. Por ejemplo, si los relatos hiperbó-
licos de los conquistadores y sacerdotes españoles cuen-
tan como historia, ¿por qué no incluir también los
hiperbólicos pero cuidadosamente documentados re-
latos en náhuatl del periodo colonial? ¿La historia ofi-
cial imperialista de época precolombina se convierte en
memoria una vez que los aztecas son conquistados por
los ejércitos europeos?
En ambas disciplinas el único hilo que atraviesa los
campos profundamente heterogéneos de la memoria
social es su oposición negativa a la historia: la memoria
es una práctica de relacionarse con el pasado realizada
por personas que no son historiadores, usando fuentes
y métodos que no son comunes en la práctica histórica
y creando productos históricos que no son libros de
historia. Si bien estas polaridades son tipos ideales que
representan algunas realidades sociales, y aunque el dis-
tinguir a la memoria social de la historia ha sido enor-
memente productivo, el tema general de la memoria
social como no-historia es problemático. Primero, esta
división subestima el papel de los no-historiadores en
la creación de ambas y el campo de preguntas donde la
historia sirve para responder (la episteme), mientras que
simultáneamente sobrevalora el papel de los historia-
dores tradicionales (Trouillot 1995: 20; Samuel 1994:
3-8). En segundo lugar, la división simplifica la diná-
mica de poder inherente a la producción de la historia:
si la historia es el campo para un acercamiento científi-
co al pasado y la memoria es simplemente una catego-
ría general que abarca todo lo que no lo es, esto dificul-
ta el entendimiento de formas similares de producción
de la verdad que operan en las dos; peor aún, la dicoto-
mía ratifica las diferencias. Por último, la división se
basa en un supuesto implícito de que hay una verdad
sólida que puede ser descubierta si solo pudiéramos
ponernos de acuerdo sobre los métodos apropiados y
las fuentes (la historia), o si solo nos tomásemos en se-
rio nuestra colectiva y menos oficial forma de recordar
el pasado (la memoria).?
En respuesta a este tipo de preguntas sobre la verdad
histórica, el antropólogo Michel-Rolph Truiollot ad-
vierte que las historias oficiales empíricas de Occiden-
te no tienen un único reclamo para la verdad, ya que
todas las colectividades sociales «imponen una prueba
de credibilidad porque a ellos les importa si los hechos
fueron verdaderos o falsos» (Trouillot 1995: 11, con én-
fasis en el original). La tesis de Trouillot es que la aten-
ción crítica al proceso de producción de la verdad
histórica (fuentes, archivos, narraciones, significación
retrospectiva) sirve para iluminar el desigual poder que
entra en cada una de estas etapas, los silencios que es-
tos producen y sus consecuencias en el presente (Troui-
llot 1995: 26-30). En este artículo utilizo el término
de Trouillot (1995) «producción histórica» para con-
notar tanto la memoria como la historia.
Michel Foucault también insistió en que la verdad
es menos importante que entender los efectos del pro-
ceso histórico: «... el problema no consiste en trazar una
línea que, en un discurso, [distingue entre] lo que cae
en la categoría de cientificidad o verdad y lo que cae en
otra categoría; sino que consiste en ver históricamente
cómo se producen los efectos de la verdad en discursos
que, en sí mismos, no son ni verdaderos ni falsos»
(Foucault 1994: 119). Aunque ninguno de estos estu-
diosos discutió extensamente la memoria social, sus ob-
servaciones con respecto a la historia y la verdad tienen
consecuencias importantes para la división entre la his-
toria y la memoria. Tanto la historia como las afirma-
ciones de la memoria sobre la verdad dependen de los
contextos de poder. Para el presente caso, argumentaré
que importa menos si la producción histórica azteca (y
el caso Tollan en particular) fue empíricamente «verda-
dera». Más bien, es importante identificar las maneras
en que la verdad de la narrativa de Zol/an se transformó
en el tiempo junto con el creciente poder político de
los aztecas. Dentro de esas constelaciones de poder, la
narración produjo efectos concretos (sociales, materia-
les, biológicos y discursivos) que pueden ser investiga-
dos empíricamente.
2 Véase Trouillot (1995) para un argumento similar en rela-
ción con el constructivismo y relativismo histórico.
-8-
ARQUEOL. IBEROAM. 83 (2018) + ISSN 1989-4104
En las siguientes secciones apoyaré a la investigación
reciente que demuestra que la perspectiva de múltiples
Tollans es exacta en términos de una historia pan-
mesoamericana compartida. Sin embargo, los mexicas
asociaron la amplia historia de 7ollan particularmente
con Tula por propósitos históricos, políticos y de legi-
timación específicos en una serie de movimientos cal-
culados que crearon una única 7o/lan. A su vez, mostraré
que esta Zollan localizada y única permitió las reivindi-
caciones de tierras de las élites dentro del sistema colo-
nial español. En otras palabras, en cada etapa del proceso
histórico (los periodos Posclásico Temprano, Azteca
Temprano, Azteca Tardío y Colonial), podemos obser-
var las maneras en que el pasado fue altamente filtrado
para satisfacer las necesidades de varias facciones. En
cada época, las narrativas históricas fueron disputadas,
promulgadas y solidificadas, creando efectos materia-
les reales que impactaron sobre las generaciones futu-
ras. El hecho de que estos relatos tuvieran que ser
recreados usando tantos métodos rituales habla de la
inestabilidad de las narraciones históricas imperialistas,
así como del papel crucial del pasado en la creación del
Imperio azteca.
EL ARGUMENTO PARA MÚLTIPLES
TOLLANS
La narrativa de Tollan se refiere principalmente a dos
periodos de la historia: el establecimiento de una 7ollan
«primordial» en el pasado profundo que se asocia ge-
neralmente con el ascenso de Teotihuacán (200-600 d.
C.) y una Tollan más reciente que está asociada con las
grandes ciudades del periodo Posclásico Temprano (ha-
cia 900-1150 d. C.). Antes de las técnicas de datación
moderna, muchos etnógrafos y arqueólogos asumieron
que Teotihuacán, la imponente ciudad de la era clásica
en el centro de México, era la Tollan a la que se referían
los aztecas. Teotihuacán, el «lugar donde nacen los dio-
ses» era, y sigue siendo, ampliamente reconocido como
una Zollan «primordial» (Boone 2000; Carrasco 1982:
109, 186; Davies 1977: 43-47; cf. Fash ez al. 2009)
donde se originaron el arte, la escritura y otros logros
impresionantes. Sin embargo, muchas de las fuentes que
se refieren a «Tollan» hablan de una ciudad que flore-
ció durante el periodo Posclásico Temprano (Davies
1977: 23; Jiménez Moreno 1941; Kirchhof et al. 1989).
Además, Teotihuacán carece de la evidencia lingiística
toponímica para vincularlo con la 7ollan histórica de
los documentos coloniales.
Recientemente, David Stuart (2000) ha reunido evi-
dencias jeroglíficas, históricas y arqueológicas, demos-
trando que Teotihuacán se conocía como Tollan en la
región maya durante el periodo Clásico basándose en
evidencias epigráficas indicando que conquistó varias
ciudades-estado mayas importantes. Teotihuacán, un lu-
gar histórico real con una influencia interregional ex-
tensa, adquirió eventualmente una calidad mítica para
el posterior Imperio azteca. Ya sea porque los aztecas
no podían imaginar que una ciudad tan grande fuera
obra de los humanos históricos en lugar de los dioses
(Pasztory 1997), o porque los objetivos religiosos-polí-
ticos de las élites requerían una 7Zollan menos remota
temporalmente, en el siglo XVI la realidad histórica de
Teotihuacán había sido reemplazada con una connota-
ción «primordial» como «el lugar donde nacen los dio-
ses», que se hace evidente en la etimología de la palabra
náhuatl (Carrasco 1982: 109). Sin embargo, los estu-
diosos han reconocido continuamente su lugar central
como la Gran o Primera 7o/lan incluso antes de la in-
novadora obra epigráfica de David Stuart (2000) (p. ej.,
Carrasco 1982: 126; véase igualmente Davies 1977: 43
sobre Laurette Séjourné). Los mexicas también reco-
nocieron su importancia, tomando artefactos de la ciu-
dad y colocándolos en Tenochtitlán, y haciendo pere-
grinaciones a la ciudad (Berdan 2014: 35; Fash ez al.
2009).
Además de Teotihuacán, hay varias otras ciudades del
centro de México que se conocían como Zollans. To-
llan-Chollolan, la ciudad que hoy se conoce como Cho-
lula en el estado de Puebla, es un importante ejemplo
del periodo Posclásico Tardío. La Historia Tolteca-Chi-
chimeca, escrita entre 1547 y 1560 d. C., cuenta que el
sacerdote-rey tolteca-chichimeca visitó T7ollan-Chollo-
lan en el siglo XII, tras el colapso de Tollan. Finalmen-
te, emigró allí y convenció a sus súbditos para hacer lo
mismo (Carrasco 1982: 135; Davies 1977: 31-32;
Kirchhof et al. 1989). Cabe mencionar que en la A:s-
toria Tolteca-Chichimeca, Tollan es tanto un lugar de
origen (la Gran Tollan) como un destino final (Zollan-
Chollolan). A diferencia de los aztecas o los toltecas de
Tula, cuyos imperios se basaron en el militarismo, la
atracción de Cholula fue la administración del Templo
de Quetzalcóatl, el templo más grande de Mesoaméri-
ca, y su importante estatus como el principal centro co-
mercial interregional; además nunca fue conquistado
por Teotihuacán o Tenochtitlán (Carrasco 1982: 135;
McCafferty 2000: 358, 2007: 454).
Otras importantes 7Zollans potenciales incluyen la ca-
pital epiclásica periférica de Xochicalco en Morelos y la
-9-
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
ciudad maya posclásica de Chichén Itzá en Yucatán
(Carrasco 1982: 126-133, 140-144). Los debates so-
bre la relación entre Chichén Itzá y Tula, Hidalgo, sur-
gieron desde la década de 1870 (Gillespie 2007: 92-93).
Las fuentes mayas coloniales como el Popol Vuh, los
Anales de los Cakchiqueles, el Título de los Señores de
Totonicapan, el Chilam Balam y el Título C'oyoí hacen
referencia al lugar de origen de los ¿tzá llamado Tollan
Zuiva o Civan (Davies 1977: 35-40). Durante mucho
tiempo, los investigadores han notado las similitudes
entre las narraciones mayas de época virreinal sobre la
colonización por los ¿tz4 y las similitudes entre los si-
tios arqueológicos de Chichén Itzá y Tula, Hidalgo. Esto,
en combinación con los relatos del centro de México
sobre el exilio de Zopiltzin en el este convenció a mu-
chos estudiosos de que los toltecas del centro de Méxi-
co habían conquistado la región maya durante el
periodo Posclásico. Por otra parte, el arte y la arquitec-
tura «superior» de Chichén Itzá convencieron a otros
investigadores de que la influencia fue al revés (Davies
[1977: 48] lo llama el caso «estético» contra Tula). Sin
embargo, algunas interpretaciones recientes (Kowalski
e" Kristan-Graham 2007) rechazan en general la idea
de influencia unidireccional o «colonización», prefirien-
do un modelo de interacción interregional en el cual el
intercambio, los sistemas políticos innovadores y el sim-
bolismo compartido juegan un papel crucial (Kristan-
Graham e Kowalski 2007: 66; véase también López
Austin Y López Luján 2000; McCafferty 2007).
Por ahora, debe ser evidente que había múltiples
Tollans incluso sin la vasta evidencia arqueológica e his-
tórica del arte que también podría ser incluido para
reforzar el punto. La opinión consensual sobre las 7o-
llans del periodo Posclásico Temprano apunta a una red
diversa de interacción político-religiosa de élites de
múltiples sitios durante esa época (Kowalski e Kris-
tan-Graham 2007; López Austin 4 López Luján 2000).
Sin embargo, en lo subsecuente, sostengo que ambos
puntos de vista no excluyen una visión que enfatiza a
Tula, Hidalgo, como una única 7ollan.
EVIDENCIA DOCUMENTAL PARA UNA
UNICA TOLLAN
A diferencia de la 7o/lan primordial, la Tollan histó-
rica se llama a menudo 7ollan Xicocotitlan en documen-
tos históricos. Wigberto Jiménez Moreno fue el primero
en identificar a Tollan Xicocotitlan como Tula basándo-
se en la etimología de la palabra «Tollan» y varios topó-
nimos que coincidían con los topónimos cercanos a Tula
que fueron identificados en un mapa del siglo XVIII
de la región (Jiménez Moreno 1941: 80). Estas identi-
ficaciones se basaron principalmente en el Códice Flo-
rentino de Fray Bernardino de Sahagún (Libros III y
X), los Anales de Cuaubtitlán y la Historia de los Mexi-
canos por sus pinturas (Davies 1977: 40-41; Jiménez
Moreno 1941), relatos coloniales muy tempranos de la
historia del centro de México? (Nicholson 2001: 5, 23-
25). «Xicocotitlan» significa «junto al Xicococ», lo cual
Jiménez Moreno identificó como la montaña llamada
Jicuco o Xicuco cerca de la Tula moderna (Davies 1977:
40; Jiménez Moreno 1941: 80). Otros topónimos iden-
tificados con la Tollan histórica que han sido referen-
ciados con los nombres de lugares existentes o históri-
cos en las cercanías de Tula, Hidalgo, incluyen Xzzppacoyan
(actualmente San Lorenzo), Texcalapan (el río Tula),
Xochitlán, Cincoc (un cerro al norte de Tula) y Auapal-
calls, Tlemaco (actualmente Tlamaco, cerca del sur de
Tula) (Davies 1977: 41). Además de la investigación
realizada por Jiménez Moreno y los primeros lingiiis-
tas, Nigel Davies añade información histórica de his-
torias dinásticas y religiosas. Por ejemplo, la Monarquía
Indiana (Tomo II) de Fray Juan de Torquemada se re-
fiere al Templo de Quetzalcóatl en Tula; Fray Diego
Durán señala que los primeros regalos de Cortés a
Moctezuma fueron enviados a Tula para ser enterrados
en el mismo templo (Davies 1977: 41-42). Durán
(1971: 61) también describe a Tula como la ciudad en
la que vivió el sacerdote Zopiltzin. Otras fuentes apun-
tan también a una ubicación física para Tollan: Motoli-
nía (1985: 105) se refiere a los viajes de los nahuas a
«... Tollan, a doce leguas de [la ciudad de] México ha-
cia el Norte», una distancia que se puede traducir aproxi-
madamente a 66 km. Davies (1977: 42) cita también
los lazos dinásticos entre los gobernantes aztecas y la
nobleza tolteca, utilizando la Crónica Mexicayotl como
evidencia de la creencia azteca en una Zollan histórica
basada en Tula. Un estudio posterior reveló los víncu-
los dinásticos aztecas y coloniales con Tula en mayor
detalle y será analizado más adelante en este artículo
(Chipman 2005).
Las historias de migración también enfatizan una
Tollan real e histórica en Tula. De acuerdo con sus pro-
3 El Códice Florentino, los Anales de Cuautitlán y la Historia de
los Mexicanos por sus pinturas fueron originalmente encargados y
compilados poco después de la conquista (Nicholson 2001: XXIX-
L). Posteriormente, los relatos fueron objeto de varias revisiones;
por ejemplo, la compilación y organización del Códice Florentino
fue la obra monumental de Sahagún (Ricard 1966: 39-45).
= Me
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
pios relatos migratorios, los primeros mexicas —un
grupo emergente con altas aspiraciones políticas— se
originaron en una ciudad semimítica llamada Aztlán.*
Salieron de esa ciudad en algún momento del siglo XII
en busca de una señal divina que indicaría la ubicación
en la que deberían fundar su propia ciudad (Davies
1980: 8). En 1325 d. C., cuando vieron la señal —un
águila descansando sobre un cactus sosteniendo una
serpiente en su boca— construyeron su capital Tenoch-
titlán en la Cuenca de México (Berdan 2014: 40;
Clendinnen 1991: 23). Sin embargo, en el camino se
detuvieron en varias ciudades. Según el relato, llegaron
a Tula alrededor de un ciclo calendario (52 años) des-
pués de partir de Aztlán, situándose allí aproximada-
mente en 1163 d. C. (Davies 1980: 8, 12; véase tam-
bién Chipman 2005: 7; Boone 1991: 138).? Aunque
los gobernantes y sacerdotes aztecas también harían
peregrinajes a otra Zollan, la ciudad aún más antigua
de Teotihuacán, Tula fue la única TZollan que visitaron
durante su migración. En el momento en que los
mexicas comenzaron su viaje en el periodo Posclásico
Temprano, Tula fue la ciudad más importante de la re-
gión cercana a la Cuenca de México.
Al igual que otros documentos mesoamericanos, las
diversas versiones de la historia de la migración incor-
poran mitos, hechos, relatos y una amplia memoria so-
cial mesoamericana. Sin embargo, la parte más impor-
tante de la historia no es lo que realmente sucedió. Más
bien, lo que es crucial es cómo el relato, contado de
manera muy similar en una variedad de versiones dife-
rentes, estructura un tipo particular de discurso y un
cuerpo de evidencias materiales que apoyan a la propia
concepción de los mexicas como herederos legítimos
del legado tolteca. En la siguiente sección propongo que
parte del rito de paso de los mexicas incluyó un ritual
de terminación que sirvió para desacralizar a Tula.
TULA EN EL PERIODO AZTECA
TEMPRANO
Entre 1940 y 1956, el arqueólogo Jorge Acosta
(1941-57) excavó la mayoría de Tula Grande, el centro
ceremonial de Tula durante la fase Tollan. Creía firme-
mente que los primeros mexicas habían invadido y con-
quistado a los toltecas, lo cual pensaba él que había oca-
í Puede ser un lugar mítico, o incluso puede ser la misma
Tenochtitlán (véase Boone 1999: 144).
? Boone (1999) no presenta una fecha, pero señala que Zollan
tiene importancia en las descripciones textuales de la migración.
sionado la caída de Tula (Acosta 1940: 187, 1942: 155,
1956b-57: 75). Encontró evidencias de intervenciones
aztecas en cada edificio que excavó en Tula Grande, así
como en todos los lugares que excavó en la periferia de
la ciudad (Acosta 1940-57). Acosta (1956b: 92-93) ex-
presó su confusión sobre que las mismas personas que
habían invadido, saqueado y destruido Tula también
dejaron impresionantes ofrendas de objetos preciosos
en los edificios que habían arruinado. Estas interven-
ciones formaron un patrón que inicialmente le pareció
extraño, pero en su novena temporada de excavaciones
reconoció que eran ubicuas (Acosta 1957: 145). Inves-
tigadores posteriores también se verían sorprendidos por
la actitud «curiosamente ambivalente» evidenciada por
lo que parecía ser la «reutilización de edificios y saqueo
generalizado» de los mexicas (Davies 1987: 28; Diehl
1983: 27),
Acosta basó sus interpretaciones en parte en docu-
mentos etnohistóricos y en parte en los marcadores
arqueológicos del periodo Azteca Temprano (tabla 1),
principalmente la cerámica Azteca II tipo negro sobre
anaranjado que se data entre 1150 y 1350 d. C.
(Brumfiel 2005: 117; Minc 2017). La cerámica Azteca
tipo negro sobre anaranjado (1, IL, III y IV) sigue for-
mando la principal tipología cronométrica para inves-
tigar las ocupaciones de los periodos Azteca Temprano
y Tardío en Tula y la Cuenca de México (Mastache ef
al. 2002; Minc 2017). En Tula hay otras lozas cerámi-
cas de la Cuenca, incluyendo cerámica loza roja y tipo
Chalco-Cholula polícromo, pero es mucho menos cla-
ra en términos de motivos, variaciones regionales y uti-
lidad cronométrica (Minc 2017; Parsons 1966). La ce-
rámica Azteca l está ausente en mi propia muestra (tabla
2) y en anteriores estudios de superficie de Tula (Hea-
lan € Stoutamire 1989: fig. 2). El proyecto que dirijo
y los de otros investigadores encontraron cerámica de
la fase Coyotlatelco que puede coincidir con cerámica
Azteca I, aunque la datación absoluta sugiere que estas
comenzaron en el siglo VII y X, respectivamente (Par-
sons et al. 1996: 227). En Tula, la cerámica de la fase
Coyotlatelco está asociada con las fases Prado y Corral,
o pre-Tollan (Healan d* Stoutamire 1989: 209), por lo
que no las he incluido en este estudio. El otro tipo de
cerámica azteca temprana, la Azteca Il, viene en dos es-
tilos, caligráfico y geométrico, los cuales fueron pro-
ducidos en Culhuacán y Texcoco, respectivamente
(Minc 2017; Brumfiel 2005). La cerámica Azteca II pre-
domina en las regiones al norte de la Cuenca (Minc
2017). La cerámica Azteca II fue producida en la Cuen-
ca y aparece como una importación en ciudades a cien-
= Ile
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Tabla 1. Cronologías de Tula y la Cuenca de México. Adaptado de Healan (2012: fig. 4) y Mastache et al. (2002: tabla 3.2).
Periodo Fechas aproximadas Tula/región de Tula Cuenca de México Eventos en Tula
(d. C.)
Colonial 1600 Tesoro Azteca Tardío Azteca Temprano. A mitad del siglo XVI. Pedro
(Azteca IIkIV) Moctezuma pide y recibe una encomienda y escudo
de armas de la Corona Española.
1500 1521. Los españoles derrotan al ejército del Imperio
azteca.
Azteca Tardío. Se festeja la ceremonia del Fuego
Nuevo en Tula; está repoblada y crece hasta
alcanzar una población de 20.000 personas; su
nobleza esta relacionada con los emperadores
aztecas.
Posclásico Tardío 1400 Palacio Azteca Temprano Azteca Temprano. Las estatuas y arquitectura en el
(Azteca +-l) centro ceremonial de Tula son destruidas
ritualmente.
Posclásico Medio 1300 Fuego Tolteca Tardío
(Mazapa)
1200 Tollan Terminal: Tula sufre despoblación y
abandono.
Posclásico 1100 Tollan Tardío Tolteca Temprano
Temprano
1000 Tollan Temprano Fase Tollan. Tula es un poder regional importante
con una población de 60.000 personas.
Epiclásico Tardío 900 Corral Terminal Terminal Corral. Se establece el centro de la ciudad
de Tula de la fase Tollan en Tula Grande.
Tabla 2. Proporciones de cerámica azteca diagnóstica tipo negro sobre anaranjado recuperada en las excavaciones de la autora en los
sitios de la capilla abierta y la catedral en Tula, Hidalgo. La tabla es conservadora porque no incluye cerámica tipo negro sobre anaranjado
que no fuera identificable o fragmentos misceláneos (como soportes). Los contextos de la excavación incluyeron varias etapas de
rellenos de escombros del núcleo de la plataforma (excavado hasta una profundidad de 2.2 m) ubicada en la catedral y los componentes
residenciales toltecas alterados durante la ocupación posterior de la era azteca ubicados en la capilla. La cantidad incluye cuerpos,
bordes y (rara vez) fragmentos de base con una decoración identificable.
Tiestos diagnósticos Cantidad Proporción (%)
Azteca | 0 0.00
Azteca ll 8 1.33
Azteca Ill 465 77.50
Azteca WV 127 21.17
TOTAL 600 100.00
= le
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tos de kilómetros de Tenochtitlán (Smith 1990). La ce-
rámica azteca tiene una pasta anaranjada clara y las va-
sijas son delgadas, características que muestran «poca o
ninguna continuidad» con la cerámica producida en
Tula durante la ocupación tolteca (Healan 2012: 94).
Es probable que la cerámica azteca de Tula fuera im-
portada, pero esto tendrá que ser probado en el futuro
mediante el análisis de la composición química de los
fragmentos y fuentes locales de arcilla. La cerámica y
otros datos sugieren que «incluso en aquellas localida-
des donde la ocupación de la fase post- Tollan es eviden-
te, es limitada en escala y muestra una ruptura clara con
la ocupación anterior. La fase Fuego parece representar
un tiempo de desaparición, destrucción y despobla-
miento en Tula» (Healan 2012: 94). La combinación
de la evidencia arqueológica de un casi abandono y la
repentina aparición de cerámica foránea de la Cuenca,
además de los datos etnohistóricos que vinculan a los
primeros mexicas con Tula, sugieren que los propios
mexicas u otro grupo de la Cuenca de México tenían
algo que ver con las actividades destructivas.
En Tula, la cerámica Azteca II solo se ha encontrado
en cantidades significativas en el centro ceremonial de
la fase Tollan, conocido como Tula Grande (Healan
2012). La investigación temprana de Acosta postuló una
importante ocupación azteca en Tula durante el perio-
do Azteca Temprano. Sin embargo, he demostrado
(Iverson 2015) que debido a que Acosta trabajó antes
de las mejoras significativas en la tipología de la cerá-
mica azteca (p. ej., Parsons 1966; Minc 1994) y a que
la mayoría de sus excavaciones tuvieron lugar en Tula
Grande, probablemente sobreestimó la cantidad de
cerámica Azteca II presente en Tula.
Además, investigaciones posteriores, incluyendo mis
excavaciones en la capilla colonial y la catedral de Tula
en 2013 (Iverson 2015), apoyan las observaciones de
otros investigadores (Healan *Stoutamire 1989), quie-
nes argumentan que la cerámica Azteca II es efímera
en Tula. En mis excavaciones, la cerámica Azteca Ill com-
prende solo el 1.33 % del total de la cerámica azteca
tipo negro sobre anaranjado utilizando el método más
conservador (tabla 2). Un estudio de superficie a largo
plazo descubrió que la cerámica azteca tipo negro so-
bre anaranjado componía solo el 3 % de la cerámica
azteca en Tula, comparado con el 31 % para la cerámi-
ca Azteca III (Healan e Stoutamire 1989: 208).
Por lo tanto, la ocupación del periodo Azteca Tem-
prano en Tula es bastante efímera. Sin embargo, las
investigaciones modernas confirman la idea de Acosta
de que varias actividades destructivas en Tula Grande
estuvieron asociadas con el periodo Azteca Temprano
(fase Fuego). Estas actividades incluyeron la quema del
Edificio 3, también conocido como el Palacio Quema-
do. Después de las excavaciones de Acosta, este episo-
dio de incendio fue examinado mediante análisis de ra-
diocarbono (**C), lo cual proporcionó fechas que se
agrupan alrededor del año 1140 d. C. (Healan 2012:
96). Acosta (1945: fig. 3) también señaló que «grandes
cantidades» de cerámica Azteca II se asociaron con el
desmantelamiento de la Pirámide B y la remoción y «en-
tierro» de las esculturas del guerrero atlante. Acosta
(1956b: 84, 1956a) también encontró evidencias de va-
rias esculturas de chacmool que habían sido «decapita-
das» y desmembradas en la Antigiiedad. Acosta (1956a:
159) señaló que la decapitación de los chacmooles pudo
haber ocurrido porque habían sido arrojados desde edi-
ficios altos, pero no encontró las cabezas asociadas.
Sin embargo, es posible que Tula Grande se quema-
ra mucho después del colapso de la civilización tolteca
y su abandono (Healan 2012: 96-97). Basado en un
estudio estratigráfico, Sterpone (2000), sugirió que el
Figura 3. Foto de las tempranas excavaciones de Acosta mostran-
do evidencias de las primeras intervenciones durante la época az-
teca en el centro ceremonial de Tula, como esta decapitación y
«entierro» de una escultura atlante de la era tolteca. Foto cortesía
de www.latinamericanstudies.org/toltecs/.
Ts
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
Edificio 3 se incendió después de que sus esculturas
monumentales fueron removidas. Así, cada vez parece
más dudoso que los pueblos del periodo Azteca Tem-
prano se superpusieran en modo alguno a la civiliza-
ción tolteca y mucho menos que la conquistaran. Esta
posibilidad, junto con la naturaleza efímera de la ocu-
pación y los restos de la fase Azteca II requieren una
explicación más allá de la guerra o la invasión.
Los patrones arqueológicos de otras regiones de
Mesoamérica pueden ofrecer una pista. Travis Stanton
y sus colegas (2008) han argumentado que si bien las
personas de todo el mundo participan en la destruc-
ción material relacionada con la guerra («saqueo»), este
comportamiento fue altamente ritualizado en la región
maya. Esto se debía a que en las sociedades mesoame-
ricanas los edificios podían ser animados a través de ri-
tuales de consagración. Estos incluyeron actos tales
como la colocación de personas fallecidas importantes
dentro del edificio o la disposición de objetos especia-
les en lugares estratégicos del edificio (Stanton et al.
2008: 236-237). Por lo tanto, cuando tuvo lugar la gue-
rra, los vencedores no destruyeron aleatoriamente las
ciudades vencidas; contrariamente, emprendieron ac-
tos rituales específicos con el fin de desacralizar dichos
edificios. Según Stanton et al. (2008: 237), estas acti-
vidades fueron «cuidadosamente ejecutadas para que los
lazos del perdedor con el poder y la legitimación an-
cestral fueran desmantelados al matar sus casas y tem-
plos vivos». Los rituales de terminación involucraban
usualmente depositar rápidamente grandes cantidades
de cerámica rota de forma intencionada (una «ofrenda
terminal»), la quema intensiva y el desmantelamiento
de edificios (Stanton et al. 2008: 237-238); estos mis-
mos patrones destructivos ocurrieron durante el perio-
do Azteca Temprano en Tula. Además, en el mundo az-
teca, las estatuas monumentales de piedra eran /xiptlas
u objetos que «permitían que los dioses se manifesta-
ran»; las esculturas de piedra tenían poderes significati-
vos y podían ser animadas y, presumiblemente, tam-
bién desanimadas (Clendinnen 1991). Del mismo
modo, en la región maya, en tiempos modernos y anti-
guos, «los productos de fabricación humana, tales como
templos, casas, altares e incensarios, también requerían
alimento, estímulo, protección y trato respetuoso, pero
primero debían estar animados o infundidos de vida»
(Stross 1998: 31).
Las prácticas de destrucción deliberadas y ritualiza-
das parecen ser un fenómeno panmesoamericano, tan-
to en el espacio como en el tiempo. Por ejemplo, Chris
Pool y sus colegas hallaron evidencias de la mutilación
epiolmeca de estelas olmecas mucho más antiguas (pe-
riodo Formativo Medio) en Tres Zapotes. La Estela A
era una piedra tallada de 5 m de altura que representa-
ba a un gobernante; durante el periodo Epiolmeca, el
rostro del gobernante había sido golpeado, agrietado
deliberadamente o después de una caída y, luego, «co-
locado» bajo miles de pedazos de obsidiana (Pool e
Laughlin 2017). La Estela F (un objeto antiguo) del
mismo sitio olmeca presenta una mutilación facial si-
milar (Pool *Laughlin 2017). Más al sur y en un tiem-
po posterior, objetos antiguos de jade fueron quema-
dos y aplastados ritualmente antes de ser arrojados al
cenote de Chichén Itzá (Joyce 2003: 117). Aún más al
sur, en el área maya, hay evidencias de que los pendien-
tes de jade del periodo Clásico Temprano, que eran re-
liquias de familia, fueron deliberadamente desmembra-
dos en Costa Rica (Joyce 2003: 119-120).
La pregunta de si los primeros mexicas ocasionaron
la caída de Tula ha caído en la duda. Sin embargo, lo
que parece estar claro, basándose en los datos de Acos-
ta y las investigaciones modernas, es que ellos —o la
gente de la Cuenca que finalmente conquistaron— pro-
bablemente visitaron Tula. Además, este acontecimiento
se produjo alrededor del tiempo en que los relatos co-
loniales dicen que lo hicieron (en el siglo XII); y la ocu-
pación parece ser tan efímera como cabría esperar de
una población que simplemente se detuvo en Tula en
lugar de asentarse allí. En base a la investigación com-
parativa, interpreto estas actividades como asociadas a
procesos que fueron vinculados con rituales de termi-
nación cuidadosamente planeados. A lo largo de Tula
Grande, Acosta encontró cerámica del periodo Azteca
Temprano asociada con contextos destruidos, tales
como edificios desmantelados, episodios de incendios,
estatuas monumentales de guerreros «desmembradas»
y «enterradas» y chacmooles reclinados, así como escul-
turas de piedra casi de tamaño natural que se populari-
zaron durante el periodo Posclásico Temprano (Acosta
1941: 61). Si los mexicas realmente destruyeron a sus
predecesores, es evidente que Tula —la ciudad más
poderosa e influyente del centro de México en ese
momento— tenía que ser simbólicamente «asesinada»
antes de que pudieran comenzar su ascenso. Es impor-
tante señalar que estos procesos eran políticos, pero se
apoyaban en una ontología religiosa panregional en la
que los edificios podían estar imbuidos de un poder
sobrenatural.
Elizabeth Boone (1991: 148) ha interpretado la his-
toria migratoria de los mexicas como un rito de paso
destinado a «separar a los mexicas de su anterior condi-
= di
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
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Figura 4. Nezahualpilli, gobernante de Texcoco, con la capa azul real. Reproducción cortesía de Wikimedia Commons:
http://es.wikipedia.org/wiki/Nezahualpilli+mediaviewer/File:Nezahualpiltzintli.jpg.
=15=
ARQUEOL. IBEROAM. 83 (2018) + ISSN 1989-4104
ción [nómada], dotarlos de la aptitud espiritual y mental
para gobernar y devolverlos así cambiados al mundo
en Tenochtitlán». Aunque Boone argumenta que se trata
de una actuación metafórica ceremonial, sugiero que
al menos una parte de este empeño —es decir, la desa-
cralización de Tula— se realizó de forma literal. Este
acto fue llevado a cabo por los propios mexicas o por
otros pueblos de la Cuenca de cuya versión de la histo-
ria se apropiaron posteriormente los aztecas. No pode-
mos saber si este acto fue una conmemoración (una
memoria), una manipulación (un relato inventado) o
ambas cosas. Tampoco podemos saber con certeza si la
historia migratoria es verdadera. Sin embargo, lo que
podemos saber es que la desacralización constituyó el
primer efecto arqueológicamente visible de la produc-
ción histórica de los mexicas (o de la Cuenca) en Tula.
Con esta primera acción, ya podemos ver la narrativa
de Tollan—un fenómeno panmesoamericano— como
enfocada en un solo lugar del paisaje. Materialmente y
de manera discursiva, podemos ver a Tollan convirtién-
dose en Tula si esto fuera empíricamente cierto O no.
Más tarde, este efecto se repitió de otras formas mate-
riales cuando los mexicas comenzaron su ascenso al po-
der.
ENTRE LA MIGRACIÓN Y EL IMPERIO
Aunque los mexicas solo estuvieron en Tula durante
un corto tiempo, se basaron en su breve visita para co-
nectarse a la civilización que los había precedido de
muchas maneras mientras convertían su incipiente ciu-
dad en el imperio más poderoso de Mesoamérica. Los
aztecas consideraban a los toltecas (tanto en el sentido
general como en el específico) como los progenitores
de la sociedad «civilizada»; y sus conexiones con los
toltecas proporcionaron la mitad del patrimonio que
ellos reclamaban (la otra mitad era «barbarismo» o
nomadismo belicoso, atribuido a un grupo conocido
como los chichimecas). Como resultado, cuando fun-
daron Tenochtitlán, los nobles y los urbanistas busca-
ron asociar su propia ciudad con la de sus predeceso-
res, emulando en particular el arte de los toltecas de
Tula. Elementos arquitectónicos aztecas como el
tzompantli tienen orígenes en Tula (Cobean et al. 2012:
103). En el Templo Mayor, las bancas con murales y
decoración en relieve representando procesiones de
guerreros son copias de elementos que adornan el cen-
tro ceremonial de Tula (Umberger 1987: 74). Las pla-
taformas de Tenochtitlán son notables porque copia-
ron el estilo básico, materiales y ejecución de los origi-
nales toltecas, a pesar de los significativos avances en la
escultura de piedra durante la época azteca (Molina
Montes 1987: 103). Más en general, la repetición de
motivos de jaguares, águilas y serpientes emplumadas
formó un lenguaje simbólico similar en ambas ciuda-
des. La figura reclinada del chacmool, la cual se popula-
rizó durante el apogeo de Tula, se duplicó en una de las
primeras fases de construcción del Templo Mayor en
la capital azteca.* En el Museo de Antropología de
México se encuentran versiones más pequeñas de las
icónicas estatuas de los guerreros atlantes de Tula
(Umberger 1987: 75). La inspiración para este arte se-
guramente vino de forma directa de las excavaciones
de los aztecas en Tula. Las excavaciones recientes cerca
del Templo Mayor descubrieron otra escultura de
chacmool de gran parecido con el estilo tolteca y en-
contrada sin cabeza, como los ejemplares en Tula men-
cionados anteriormente (López Luján * López Austin
2009: 401). Michael Smith considera que los planos
de la ciudad de varios sitios aztecas en Morelos son co-
pias del diseño y lógica espacial de Tula (Smith 2008:
85-89, 128). Los elementos del espacio sagrado en el
Templo Mayor, en particular el Templo de las Águilas
con sus vestíbulos con columnas y los frisos en sus pla-
taformas, son ideados en el espacio de Tula (López Luján
2006: 265; Molina Montes 1987: 102).
Los aztecas de Tenochtitlán (los tenochca mexica) no
fueron la única sociedad que se apropió del pasado tol-
teca en Tula. Tlaxcala, una ciudad-estado que nunca fue
conquistada por la Triple Alianza y cuyos guerreros fue-
ron fundamentales en la conquista española por ayu-
dar a Cortés, también afirmó tener vínculos con Tula.
Una de las esculturas de uno de sus dioses patronos es-
taba cubierta por una máscara de Tula. Dos esculturas
toltecas originales también fueron descubiertas en Tlax-
cala; además, los tlaxcaltecas también reprodujeron fi-
guras de chacmool (Umberger 1987: 75). Tlatelolco, la
rival formal de Tenochtitlán y posteriormente aliada
suya, también saqueó una estatua del dios 7/lacahuepan
de Tula según las fuentes escritas (Umberger 1987: 75).
Umberger (1987: 75) señala que «no se mencionan
prácticas similares en otras ciudades, como Culhuacán,
durante el periodo intermedio entre los toltecas y los
mexicas». Como menciono a continuación, la dinastía
6 El chac mool que adorna la mitad de T/aloc de la segunda fase
del Templo Mayor fue colocado allí durante los reinados de Aca-
mapichtili, Huitilhuitl y Chimalpopoca, justo antes de la conso-
lidación de la Triple Alianza.
Té
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
tolteca de Tula aparentemente perseveró en Culhuacán
y, por lo tanto, sería lógico que incorporara símbolos
toltecas; sin embargo, no lo hicieron. En su lugar, fue-
ron los aztecas de Tenochtitlán y sus afiliados étnicos
(los mexicas) y rivales de Tlaxcala quienes se apropia-
ron de estos símbolos.
Los mexicas también se asociaron con Tula usando
un distintivo patrón de diamante y punto azul para las
capas reales, un motivo que estaba asociado con los
emperadores toltecas (fig. 4).” El privilegio de llevar la
insignia real de inspiración tolteca solo se concedía a
los gobernantes de ciudades independientes (Aguilera
1997: 6; véase también Olko 2005: 225-229). Patricia
Anawalt (1990: 297) señala que en el Códice de Men-
doza, un extenso documento sobre la vida prehispáni-
ca, el primer rey azteca en usar esta vestimenta en par-
ticular fue Izcóatl, quien reinó en el momento de la
formación del Imperio azteca. De forma aún más reve-
ladora, los registros fiscales muestran que la tela para
estas prendas reales vino como tributo de las regiones
que se superponían geográficamente con dos reinos
tempranos (Acolhua, del siglo XIII, y Tepanec, del si-
glo XIV) que reclamaban descendencia directa de los
linajes toltecas (Anawalt 1990: 294).
La tela era solo una forma más de efectuar reivindi-
caciones materiales de descendencia directa y, por lo
tanto, de legitimarse a través del pasado. Las historias
lineales que registraron los linajes dinásticos fueron otra
forma de probar las conexiones con los toltecas. Los ma-
trimonios de élites, que eran comúnmente polígamos,
permitían reivindicaciones de hegemonía; un hijo pro-
ducto del matrimonio entre el emperador y la princesa
de una ciudad conquistada se convertiría en el próxi-
mo gobernante de la ciudad de su madre (Carrasco
1997: 89-90). El matrimonio también sirvió para for-
mar vínculos reales —es decir, biológicos— con el Im-
perio tolteca, así como vínculos manufacturados que
fortalecieron la legitimidad de sus ambiciones imperiales
y las conectaron con un pasado mítico (Gillespie 1989).
El primer rey mexica de Tenochtitlán, Acamapichtli,
fue «reclutado» del linaje dinástico tolteca que había
sobrevivido en la ciudad-estado de Culhuacán (Chip-
man 2005: 40). El matrimonio incestuoso de este go-
7 Hay una cierta discusión sobre la naturaleza exacta de esta
ropa real; se ha argumentado que la prenda se hizo de una matriz
de hilo atado con incrustaciones de piedra turquesa (Aguilera
1997) en lugar de ser una prenda de algodón teñida de forma
más sencilla como sugiere Anawalt (1990). Sin embargo, todas
las fuentes coinciden en que una capa similar llevada por la no-
bleza tolteca fue la inspiración para la prenda real.
bernante fue concebido para mantener exclusivamente
sangre tolteca en la nobleza azteca (Gillespie 1989). La
línea dinástica en Tula fue reinstalada durante la época
de la consolidación del Imperio azteca: un miembro de
la dinastía en Tenochtitlán (un nieto de Acamapichtli)
se casó con una princesa tolteca y comenzó a gobernar
allí (Chipman 2005: 82; Davies 1987: 28; Davies 1980:
42; Gillespie 1989: 194), y varios emperadores poste-
riores se casaron con princesas toltecas de la ciudad de
Tula (Chipman 2005: 40, 82). Significativamente, esto
quiere decir que no era suficiente para los reyes casarse
con mujeres que venían de dinastías antiguas, sino que
el linaje también debía estar ligado geográficamente con
mujeres que habían sido criadas en la misma ciudad.
Moctezuma Il, el emperador durante la época de la
conquista española, se casó con Miahuaxochitl, una
princesa de la familia gobernante de Tula (Chipman
2005: 82). Durante esta era, las élites aztecas rervindi-
caban una historia mesoamericana más amplia, locali-
zándola en una 7Zollan particular y adoptando su arte,
tela y linajes dinásticos. Estos actos sirvieron para si-
lenciar una verdad más amplia —es decir, la historia
más amplia de múltiples 70/lans— y también apacigua-
ron demandas competitivas del legado tolteca. En los
sitios de Morelos (Smith 2008) y en los artefactos de
Tlaxcala (Umberger 1987), se han conservado signos
limitados de las reivindicaciones de los toltecas que ates-
tiguan una memoria más amplia y competitiva de los
toltecas de Tula. Sin embargo, lo importante no es qué
grupo era correcto o incorrecto, sino que podemos ver
las formas en que las estrategias materiales y biológicas
permitieron y reforzaron una narración histórica parti-
cular. Los mexicas estaban ascendiendo en la Cuenca y
sus manufacturados lazos con los toltecas se elabora-
ban en conjunción con su creciente poder regional. Al
mismo tiempo, fueron apaciguadas las reivindicaciones
competitivas de la historia y se hizo mucho más con-
creta una narrativa que enfatizó a Tula como el Zollan,
excluyendo a otros. En la etapa precolombina final,
después de la consolidación del Imperio azteca, este pa-
trón se repetiría de una manera más extrema, ya que
los aztecas regresaron a Tula para consagrarla como su
propia ciudad.
TULA Y LA CONSOLIDACIÓN DEL
IMPERIO AZTECA
Hasta ahora he argumentado que las primeras inter-
venciones mexicas en Tula estaban diseñadas para «ter-
= 1H
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
Figura 5. Selecciones de artefactos aztecas de las excavaciones de Acosta. Arriba a la izquierda: brasero azteca con un motivo de «Tlaloc
llorando» de la Pirámide C (Acosta 1956b: 110, lám. 52). Arriba a la derecha: cerámica y collares de jade y alabastro de la Pirámide C
(Acosta 1956b: 87, láms. 34 y 35). Abajo a la derecha: brasero y cuaubxicalli (receptáculo para los corazones humanos sacrificados) del
Palacio Quemado (Acosta 1956b: 76, láms. 25 y 26). Abajo a la izquierda: altar y brasero azteca de la Pirámide C (Acosta 1956b: 109,
láms. 50 y 51). Centro: maqueta del Palacio Quemado (Acosta 1956b: 73, lám. 24).
= 1%.
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minar» ritualmente con la ciudad para que los mexicas
pudieran ensalzarse, pero que continuaron usando el
patrimonio cultural de Tula y sus objetos como fuentes
de poder mientras ganaban dominio en la Cuenca. Des-
pués de la formación de la Triple Alianza, los mexicas
eran tan poderosos que su influencia se extendió por
todo el centro de México. Así tuvieron la oportunidad
de comenzar un nuevo capítulo del linaje dinástico, el
cual ahora podría ser restablecido en su fuente origi-
nal, Tula.
En las excavaciones de 1992-1993 en la Estructura
K, el equipo del Instituto Nacional de Antropología e
Historia de México (INAH) descubrió un edificio re-
sidencial del periodo Colonial Temprano. Este edificio
había sido reconstruido o remodelado varias veces; tam-
bién hubo evidencias de una estructura del periodo
Azteca Tardío debajo del mismo (Figueroa Silva 1994:
12-23). Javier Figueroa Silva (1994: 13, 27) supuso que
había servido de residencia doméstica y taller textil en
base a la cantidad de malacates (se encontraron al me-
nos 41 ejemplares) y agujas. En sus excavaciones en el
Vestíbulo 1 del Edificio 3, Acosta (1956b: 95) halló otra
estructura azteca, descrita como una plataforma que se
elevó 1,1 m sobre el piso tolteca. Esto también se aso-
ció principalmente con cerámica Azteca III y IV, así
como con artefactos fascinantes como una maqueta de
un templo azteca (modelo a escala en barro) y un cuauh-
xicalli del periodo azteca, un receptáculo para los cora-
zones humanos sacrificados (fig. 5). El piso y los cimien-
tos de una pared de otra estructura azteca cubría la mitad
del Vestíbulo 2 del mismo edificio (Acosta 1957: 146,
168).
Una construcción final, un altar pequeño que se agre-
gó a la Pirámide C después de su destrucción, propor-
ciona pistas significativas con respecto a las interven-
ciones del periodo Azteca Tardío en el sitio. La pirámide,
que sirvió como templo durante la era tolteca (Cobean
et al. 2012: 64), parece haber sido muy importante para
las élites aztecas. Además del pequeño altar, dejaron va-
rias ofrendas de artefactos preciosos en los escombros
del edificio (Acosta 1946-50, 1957). Sobre el altar de
este edificio, Acosta (1956b: 107-112) encontró lo que
él interpretó como evidencia de una ceremonia azteca
del Fuego Nuevo: grandes cantidades de vasos rotos de
forma intencionada, particularmente braseros. Según
Acosta (1956b: 107-112), los artefactos cerámicos aso-
ciados a este evento eran del tipo Azteca II (periodo
Azteca Tardío). También encontró una cabeza que al-
guna vez habría pertenecido a una figura chacmool. La
ceremonia del Fuego Nuevo fue un ritual de renova-
ción que se celebraba cada 52 años, cuando coincidía
el calendario secular con el ritual (Elson ¿+Smith 2001:
157). Los aztecas creían que el mundo terminaría en la
culminación de un ciclo de 52 años y esta ceremonia
celebró la renovación del mundo (Elson ¿Smith 2001:
58). Sin embargo, el comienzo de un nuevo ciclo no
estaba garantizado: dependía de la acción humana co-
rrectamente aplicada para asegurar la perpetuación del
mundo (Clendinnen 1991: 236). Muchos estudiosos
mesoamericanos señalan el papel de esta ceremonia para
reforzar la naturaleza cíclica de las concepciones azte-
cas del tiempo, pero Elson y Smith (2001: 158) y Eli-
zabeth Boone (2000: 62) también han enfatizado la
importancia de los ciclos del calendario para el tiempo
lineal; eran críticos para el seguimiento de la historia
de las ciudades y las dinastías. Por último, lo cual es
importante para esta interpretación, las ceremonias del
Fuego Nuevo están asociadas con la fundación de nue-
vas políticas (Elson e Smith 2001: 170; Fash et al.
2009).
A pesar de que no tenemos información detallada
sobre esta ceremonia o sus contextos en Tula, las des-
cripciones de Acosta encajan con muchos de los crite-
rios de Elson y Smith (2001: 159) para las expectativas
de una ceremonia del Fuego Nuevo: el conjunto de
artefactos estaba compuesto por grandes cantidades de
objetos (principalmente braseros, pero también incen-
sarios, tazas para pulque, quemadores de incienso y
morteros) que parecían haber sido rotos intencional-
mente. Eran reconstruibles; de forma reveladora, algu-
nas de las vasijas rotas podrían haber conformado par-
te de las piezas fragmentadas de las ofrendas de la época
azteca en la Pirámide C (Acosta 1956b: 114 y ss.). Ade-
más, a juzgar por las descripciones de Acosta (1956b:
114), las piezas parecían pertenecer a un único depósi-
to. La ceremonia del Fuego Nuevo se realizó en todos
los niveles de la sociedad, desde las élites hasta los ho-
gares plebeyos (Elson e Smith 2001: 158-159).
Dado el contexto de este ritual particular en el cen-
tro ceremonial de una ciudad reverenciada por los az-
tecas, se esperaría que los objetos rotos tuvieran más
probabilidades de pertenecer a la cultura y práctica ri-
tual de las élites. Esto puede explicar las altas cantida-
des de braseros, incensarios y quemadores de incienso
que Acosta anotó en el depósito. Finalmente, dado que
muchos de los chacmooles excavados por Acosta (1956a)
fueron encontrados sin cabeza, la presencia de la cabe-
za de un chacmool en este depósito es también impor-
tante. Es muy posible que, si bien la decapitación de
los chacmooles toltecas sirvió como parte de una cere-
-19-
ARQUEOL. IBEROAM. 83 (2018) + ISSN 1989-4104
monia de terminación, las cabezas formaron parte pos-
teriormente de un ritual que efectuó la renovación del
tiempo, la conmemoración de la historia y el comien-
zo de una nueva ocupación de la ciudad antigua.
La cerámica del periodo Azteca Tardío también está
asociada con lo que yo interpreto como la «reanima-
ción» o consagración de la Pirámide C. Junto con un
nuevo altar de la época azteca en la pirámide, la consa-
gración consistió en al menos tres ofrendas en la cara
norte del edificio y dos en su vertiente sur (Acosta
1956b: 49, 84-86; Acosta 1957: 145). Como se obser-
vó, algunos tiestos de la cerámica asociada con estas
ofrendas podrían encajar con tiestos de cerámica del
depósito de la ceremonia del Fuego Nuevo; por lo tan-
to, se asocian mejor con la ocupación del periodo Az-
teca Tardío. Estas incluían cuchillos de obsidiana, bra-
seros y figurillas de periodos anteriores, cientos de
cuentas de jade y una escultura azteca hecha de piedra
que representaba un rostro humano que emergía del
cuerpo de una serpiente (Acosta 1956b: 49). A partir
de esta descripción, interpreto una referencia directa a
la escultura monumental de la fase Tollan, ya que su
coatepantli presentaba el mismo tema. Stanton et al.
(2008: 235-236) identificaron depósitos similares aso-
ciados con nuevas construcciones y los interpretaron
como rituales de animación en la región maya. Se uti-
lizaron depósitos de objetos preciosos durante la con-
memoración de muchos edificios en el centro de Méxi-
co, incluyendo el Templo Mayor de Tenochtitlán
(López Austin € López Luján 2009).
Fuera de Tula Grande, la población de Tula creció
durante el periodo Azteca Tardío. En contraste con la
efímera ocupación del periodo Azteca Temprano en
Tula, la población del periodo Azteca Tardío (caracte-
rizada por la cerámica Azteca III y IV tipo negro sobre
anaranjado) era sustancial. En el momento de la con-
quista, la población del periodo Azteca Tardío en Tula
probablemente contó con unas 20.000 personas (Diehl
1983: 166), incluidas las élites que hablaban náhuatl y
los oradores otomíes (Ballesteros García 2003: 128).*
Los resultados de mis propias investigaciones (véase la
tabla 1) apoyan análisis previos basados en colecciones
de superficie (p. ej., Healan 2012: 97; Mastache €
$ Extrapolando de la población urbana de finales del siglo XVI
de 2364 habitantes (García y Víctor 2003: 128) en combinación
con datos que muestran que las poblaciones indígenas del centro
de México fueron diezmadas por las enfermedades epidémicas
(Cook y Borah 1971: 80), estoy de acuerdo con la estimación de
la población de Richard Diehl (1983: 166) de alrededor de 20.000
personas durante el periodo Azteca Tardío en Tula (Iverson 2015).
Crespo 1974: 76-77) que indican que las ocupaciones
del periodo Azteca Tardío en la región de Tula y en la
propia Tula eran extensas —posiblemente más exten-
sas que durante la fase 70llan—, aunque la ciudad no
estaba tan densamente poblada. Mi propia investiga-
ción (Iverson 2015) también coincide con un estudio
(Healan 2012: 97-98) que demostró que los edificios
de la era azteca fueron casi invariablemente construi-
dos dentro de las ruinas de la fase Tollan de Tula, inclu-
so fuera de Tula Grande. A lo largo de Tula, los habi-
tantes no crearon una nueva ciudad arrasando la vieja;
en cambio, habitaron de forma cómoda sobre su histo-
ria viviendo literalmente dentro de ella.
Esta última serie de intervenciones aztecas en Tula
—-la ceremonia del Fuego Nuevo, la reanimación de la
Pirámide C y la fundación de una ciudad muy pobla-
da— constituyó la expresión máxima de la versión
mexica de la narrativa de Tollan. En este tiempo, el
Imperio azteca tenía la posesión casi completa de la
historia, suficiente para instalar a sus propios líderes y
reclamar plenamente (y repoblar) la ciudad caída de sus
antepasados. Habían arrebatado una historia oficial de
su propia relación con los toltecas que era en parte un
pasado panmesoamericano genuinamente compartido,
en parte un conjunto de recuerdos y tradiciones histó-
ricas compartidas con otros grupos (como los tlaxcal-
tecas) y en parte una invención cuidadosamente mol-
deada en una tradición que glorificaba sus propios éxitos
como imperio. Si su versión de la historia de 70/lan era
o no verdadera, su poder proporcionaba la aptitud de
hacerla verdad matando ritualmente a Tula y luego ha-
ciéndola vivir nuevamente. Esta versión de los aconte-
cimientos duraría más que el propio Imperio azteca, ya
que los nobles aztecas supervivientes siguieron reivin-
dicando la ciudad tolteca como propia durante el pe-
riodo colonial.
LAS CONSECUENCIAS COLONIALES DEL
PASADO TOLTECA
La conquista española del centro de México en 1521
d. C. alteró radicalmente (pero no destruyó por com-
pleto) la dominación azteca existente. Una nueva je-
rarquía de poder estaba en su lugar y, mientras la élite
española se colocaba en la cima, los subórdenes esta-
ban abiertos a la negociación. Quizá lo más importan-
te es que los españoles eran pocos y se vieron obligados
a administrar (en un sentido religioso y político) un
=320=
ARQUEOL. IBEROAM. 83 (2018) + ISSN 1989-4104
territorio enorme y densamente poblado. Esto solo fue
posible mediante la apropiación de las estructuras in-
dígenas de poder existentes (Gibson 1964).
La «leyenda negra» sobre el colonialismo español pin-
ta una narrativa que presupone la completa destrucción
del estilo de vida indígena (Restall 2003). Sin duda, el
colonialismo español fue violento, aunque no tanto
como otros, y tuvo consecuencias negativas para los
pueblos indígenas. Sin embargo, también es importante
recordar que el sistema español, particularmente en los
primeros años de la colonia, era profundamente depen-
diente de los sistemas mesoamericanos establecidos si-
elos (incluso milenios) antes. La conquista española, tal
como la contaron los conquistadores (p. ej., Díaz del
Castillo 1963), revela la dependencia de estos conquis-
tadores de las poblaciones que se esforzaron en conquis-
tar. La conquista habría sido imposible sin la ayuda de
los aliados tlaxcaltecas y de una intérprete indígena cla-
ve, Marina (Townsend 2006). De la misma manera, la
posterior administración del imperio fue posible en
parte porque muchas de las estructuras políticas preco-
lombinas existentes fueron dejadas intactas (Gibson
1964). Por lo tanto, la colonización española requería
negociaciones cuidadosas con miembros poderosos de
la élite indígena, particularmente la nobleza azteca que
sobrevivió a la conquista (Chipman 2005).
Tula, durante la era colonial, ofrece un importante
caso de estudio de estos frágiles encuentros coloniales.
Poco después de la conquista, Tula fue concedida en
encomienda a Pedro Moctezuma, hijo de Moctezuma
Il, quien había reinado sobre la mayor parte del centro
de México en el momento de la conquista (Chipman
2005: 82). La encomienda fue un sistema español lu-
crativo pero también abusivo en el que una autoridad
colonial recibía tributo laboral de todas las tierras bajo
su control. La mayoría de las encomiendas coloniales
fueron distribuidas entre los hombres que habían ayu-
dado a Cortés durante la conquista; rara vez fue otor-
gada una encomienda a un indígena. Sin embargo, tres
de los «herederos legítimos» de Moctezuma II, todos
de la realeza azteca, recibieron encomiendas (Chipman
2005). Tula fue dada a Pedro Moctezuma porque su
madre, una princesa tolteca, podía reclamar esa tierra
(Chipman 2005: 82).
Sin embargo, los dirigentes indígenas de Tula impug-
naron la autoridad de Pedro Moctezuma con el argu-
mento de que su madre era ilegítima y, por lo tanto, ni
ella ni su hijo tenían derecho a gobernar Tula (Chip-
man 2005: 84). Pedro se mostró inicialmente incapaz
de defenderse de los líderes indígenas y se volvió cada
vez más hacia las tradiciones de los conquistadores: fue
de los primeros en convertirse al catolicismo, un «em-
perador en funciones» de Cortés y viajó a España para
visitar personalmente a Carlos V, quien le otorgó un
escudo de armas y un título de nobleza y ordenó la res-
tauración de su herencia (Chipman 2005: 85). Sin em-
bargo, siguió dependiendo de las pretensiones de legi-
timidad dentro del sistema precolombino afirmando
la legitimidad de su linaje tolteca, una estrategia que
eventualmente fue exitosa: aseguró su encomienda y sus
herederos la mantuvieron hasta el siglo XVIL mucho
después de que otras muchas encomiendas ya hubie-
sen sido disueltas. El caso de la encomienda de Tula fue
disputado en los tribunales de la Nueva España duran-
te varias décadas, pero al final Pedro y sus herederos
mantuvieron el control de la región a pesar de juicios
casi constantes (Chipman 2005: 82-89).
El astuto método de Pedro para apelar a todas las rei-
vindicaciones de legitimidad disponibles, sus conexio-
nes con las dinastías toltecas y su rápida adopción de
las costumbres legales, religiosas y reales españolas fi-
nalmente le ayudaron a triunfar sobre la oposición lo-
cal indígena y española a su autoridad. De hecho, fue
tan exitoso que algunos de sus herederos del siglo XVII
residieron permanentemente en España como nobles,
viviendo de los beneficios de su encomienda del Nue-
vo Mundo (Chipman 2005). Un miembro de la fami-
lia extendida de Moctezuma, esposo de la tercera con-
desa de Moctezuma, llegó incluso a ser virrey de la
Nueva España, en cierto sentido «poniendo en marcha
las conquistas coloniales» (Chipman 2005: 147).
La narrativa oficial azteca sobre Tollan jamás fue si-
lenciada, a pesar del desplazamiento del poder durante
el periodo colonial. Las manifestaciones materiales de
la historia en ese momento, los anales de la dinastía im-
perial y varios otros códices fueron utilizados dentro
del nuevo sistema legal para legitimar las reivindicacio-
nes de terrenos, proporcionando a su vez riqueza y es-
tatus para las élites indígenas que sobrevivieron a la con-
quista. El título de nobleza, escudo de armas y tenencias
de tierra de Pedro Moctezuma y sus herederos, además
de los documentos legales que concedieron estos privi-
legios, se encuentran entre los efectos más espectacula-
res de la historia de una única 7ollan. Sin embargo, es
importante señalar que lo que se impugnaba en la cor-
te no era la reivindicación legítima de las élites sobre
Tula, sino más bien la legitimidad específica de Pedro
en base a las reglas establecidas previamente dentro del
sistema azteca; la verdad de la historia ya fue concreta-
da desde hace mucho.
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DISCUSIÓN
En este artículo he apoyado una perspectiva de «múl-
tiples Zollans» que postula una red de interacción polí-
tico-religiosa de las élites de múltiples sitios, caracterís-
tica del periodo Posclásico Temprano (Kristan-Graham
Kowalski 2007; López Austin López Luján 2000).
El estudio de Stuart (2000) sobre la invasión de las ciu-
dades mayas por parte de Teotihuacán, los diversos do-
cumentos mayas sobre Zollan Ziuva y los datos arqueo-
lógicos y etnohistóricos de ciudades como Cholula
(McCafferty 2000) refuerzan esta idea. Sin embargo,
esa verdad hace muy poco por explicar varias interven-
ciones durante los periodos Azteca Temprano y Tardío
en Tula o el énfasis particular en Tula, Hidalgo, en los
documentos. Así como la perspectiva de «múltiples 7o-
llans» es inadecuada para una mirada cercana a Tula y
la Cuenca de México, la perspectiva de una «única 70-
llan» es inadecuada para otras regiones o para un enfo-
que más amplio sobre el pasado mesoamericano. He
adoptado una estrategia que se centra en la producción
histórica (es decir, tanto la historia como la memoria)
como un proceso, con énfasis en los efectos concretos
más que en la verdad. En el caso de Tula, esta estrategia
muestra una 7o/llan cada vez más localizada y única. Una
estrategia similar también podría ser utilizada para exa-
minar diferentes potencias mesoamericanas regionales
que competían por la legitimidad en otras regiones y
épocas. En el caso de Tula, la localización de Tollan au-
mentó en tándem con el poder mexica en la Cuenca de
México. En otras áreas y tiempos, la localización o ge-
neralización de la idea de 7ollan debía depender tam-
bién de constelaciones locales, regionales y panmeso-
americanas de poder.
En resumen, he argumentado que una perspectiva
de «múltiples 7o0llans» no descarta la creación discursiva
y material de una «única Tollan» en Tula. Tula (Tollan
Xicocotitlan) era probablemente la T7ollan histórica más
importante para los aztecas, y reiteraron sus conexiones
con esa ciudad utilizando estrategias múltiples mien-
tras comenzaron su viaje para fundar su propia ciudad.
A medida que los aztecas subieron al poder, Tula ad-
quirió significación e importancia histórica más allá de
su alcance original, lo cual era bastante modesto, con-
virtiéndose finalmente en una sinécdoque para el pasa-
do más amplio del periodo Posclásico Temprano.
Mientras tanto, Teotihuacán también conservó un im-
portante estatus como la «7o/lan primordial» o «el lu-
gar donde nacen los dioses». Esta perspectiva reconoce
que la producción histórica azteca fue mítica y propa-
gandística (Smith 2007), pero también creó efectos ma-
teriales concretos que pueden ser investigados a través
de medios empíricos. Estos efectos indican que la na-
rrativa de Tula como 7ollan no es un mito arqueológi-
co, sino más bien el producto de una serie de discursos
históricos cuya verdad siempre dependía del poder.
Elizabeth Boone (1991) ha argumentado que las
múltiples versiones de la historia de la migración azte-
ca se interpretan mejor como un rito de paso metafóri-
co. Mi reinterpretación de los hallazgos de Jorge Acosta
sugiere que este rito se realizó literalmente. La eviden-
cia de las poblaciones tempranas de la Cuenca en Tula
es demasiado efímera para sugerir una ocupación a lar-
go plazo o un episodio conquistador seguido por una
reutilización a largo plazo de la ciudad durante este pe-
riodo antiguo. Sin embargo, las evidencias son más que
suficientes para indicar un breve ritual de terminación
destinado a desacralizar la ciudad. He argumentado que
este ritual era un paso necesario en el viaje de los mexicas
hacia el desarrollo de su imperio, emprendido para que
ellos pudieran comenzar su propio ascenso hacia el
poder. Esta temprana intervención en Tula ilustra el
poder que los mexicas atribuyeron a los toltecas de
Tollan Xicocotitlan y las maneras en que su sentido de
la historia estaba ligado al mundo material.
Sin embargo, incluso después de este breve periodo,
la herencia tolteca continuó dominando el emergente
mundo azteca. Los futuros aztecas enfatizaron estos vín-
culos a través de conexiones biológicas manipuladas con
los toltecas, «reclutando» a sus gobernantes de la dinas-
tía tolteca (Chipman 2005; Gillespie 1989). Las refe-
rencias al pasado tolteca continuaron en la forma de
prendas reales (Anawalt 1990), la colección de antigiie-
dades (Umberger 1987; Healan 2012: 98; López Lu-
ján Y López Austin 2009), la reproducción del plano
de la ciudad tolteca en asentamientos aztecas de More-
los (Smith 2001), así como con la réplica del arte y la
arquitectura tolteca en el Templo Mayor (Molina Mon-
tes 1987: 102). Que estas conexiones tuvieran que re-
petirse de tantas maneras, utilizando tantas estrategias
materiales habla de la fragilidad de la propia narración.
Después de todo, los mexicas eran forasteros en la Cuen-
ca de México, reclamando para sí mismos una historia
que pertenecía más apropiadamente a Mesoamérica en
su conjunto.
Durante el periodo Azteca Tardío, una vez que Te-
nochtitlán se había establecido y aliado con algunos de
sus vecinos (y después de haber derrotado a otros), la
dinastía tolteca fue restablecida a través de los líderes
de Culhuacán, quienes fueron entretejidos dentro de
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la dinastía de Tenochtitlán y más tarde se integraron de
nuevo en el linaje dominante de Tula. Acosta reportó
evidencias de una ceremonia del Fuego Nuevo en Tula
Grande integrada por cerámica Azteca IIL, braseros y
otros objetos rituales; he argumentado aquí que este
evento coincidió con la «reanimación» de Tula en la ce-
lebración de su nueva fase como una ciudad azteca. Este
periodo se correspondía con las nuevas construcciones
en el Edificio 3, el Edificio K y la Pirámide C; las ofren-
das de cerámica Azteca III, cuentas de jade y otros ob-
jetos preciosos también podían haber «reanimado» a la
pirámide. Fuera de Tula Grande, la población de Tula
creció hasta un número estimado de 20.000 personas
en el momento de la conquista. Al parecer, los residen-
tes de la era azteca se enorgullecían de habitar los edifi-
cios de sus predecesores.
En la época colonial, los lazos de las élites aztecas con
Tula no se rompieron; más bien, se reforzaron. Median-
te el astuto uso de sus reivindicaciones ancestrales so-
bre Tula, además del sistema colonial español, Pedro
Moctezuma fue capaz de conservar gran parte del po-
der social y económico del que su familia gozaba du-
rante la época prehispánica. Las consecuencias de los
procesos que él puso en marcha finalmente catapulta-
rían a uno de sus herederos a las más altas cotas de la
autoridad colonial, como esposa del virrey de Nueva
España (Chipman 2005: 147).
Las intervenciones en Tula durante el periodo Azte-
ca y los primeros años de la colonia forman ciclos repe-
titivos, ya que cada episodio histórico se basaba en el
anterior para hacerse más grande y más elaborado. Veo
estas repeticiones como ciclos de retroalimentación
positiva: para cada episodio en el que los aztecas trata-
ron a Tula como 7o/lan, se hizo más convincente ver a
Tula como 7ollan. La confluencia de Tula con 7ollan
impulsada por los aztecas no era una ficción histórica
inventada en su totalidad; más bien, Tula formó parte
real del pasado histórico mesoamericano que fue acce-
sible a los aztecas en el tiempo y en el espacio. A medi-
da que el Imperio azteca crecía, también lo hizo la im-
portancia de Tula. Zollan Xicocotitlan se convirtió en una
piedra de toque histórica utilizada para hacer patente
el pasado y legitimar el presente.
La repetición fue una importante estrategia historio-
gráfica mesoamericana. Se utilizó para vincular la polí-
tica moderna y el pasado reciente con el pasado pri-
mordial más profundo, el calendario y los dioses
(Gillespie 1989). Sin embargo, la repetición histórica
no era simplemente un ejercicio de creación de mito-
logías de la élite; la naturaleza exagerada del énfasis que
dieron los aztecas a los toltecas ilumina la manera en
que el discurso histórico de las élites es configurado por
la necesidad de una reafirmación constante para man-
tener la narración. Incluso si tenemos poco conocimien-
to directo de los diferentes relatos (los artefactos tolte-
cas en Tlaxcala, por ejemplo), la constante reafirmación
de las reivindicaciones aztecas del pasado tolteca es una
prueba de la fragilidad y la inestabilidad de las preten-
siones históricas prehispánicas de las élites. Que las más
altas autoridades españolas accedieran a las afirmacio-
nes de Moctezuma también indica la inestabilidad y pe-
netrabilidad de los sistemas coloniales españoles.
Más ampliamente, este caso pone en duda la pro-
ductividad de separar la memoria de la historia. He de-
mostrado que los eruditos suelen caracterizar a la
historia como una afirmación de la verdad hecha por
aquellos que están en el poder, y a la memoria como
una afirmación de la verdad hecha por aquellos que no
lo están. En el caso de Tula, el poder rara vez era abso-
luto; las reivindicaciones de Tula como una única To-
llan tuvieron que ser ampliadas y repetidas en formas
cada vez más elaboradas para contrarrestar otras narra-
ciones (por ejemplo, la idea de múltiples Tollans o de
que Tula no pertenecía exclusivamente a los tenochca
mexica). En estas circunstancias de poder cambiante,
he encontrado la noción de producción histórica (abar-
cando tanto la memoria como la historia) para propor-
cionar un camino útil para examinar tanto los discursos
que rodean la narrativa de 70/lan como sus efectos.
Este método también provee un camino para que los
arqueólogos en particular replanteen nuestro uso de la
«memoria social», un término problemático a largo pla-
zo de la historia, especialmente en el caso de los grupos
mesoamericanos cuyas fortunas subieron y bajaron rá-
pidamente y con frecuencia. Por ejemplo, ¿la historia
azteca sobre los toltecas —una historia que lleva todas
las marcas de una historia oficial patrocinada por el
Estado— se convierte en memoria después de la con-
quista española? ¿Las diversas reivindicaciones de las
ciudades-estado que compiten por la historia de los tol-
tecas se convierten en memoria después de la forma-
ción del Imperio azteca? Cuando los mexicas eran nó-
madas vagabundos, ¿eran sus reivindicaciones sobre Tollan
una «memoria»? Es decir, ¿la historia de las élites se con-
vierte en memoria una vez que ya no es la narración
dominante, y la memoria se convierte en historia de la
élite cuando ya lo es?
Los arqueólogos tienen pocos métodos para desen-
trañar estas preguntas, pero tenemos un acceso único a
los efectos físicos de las reivindicaciones del pasado, que
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permiten reivindicaciones adicionales y apaciguan a
otras. Concentrarse en los efectos de la producción his-
tórica en el caso de Tula revela que las historias de los
mexicas y del periodo colonial eran discursos inesta-
cretas. A medida que se solidificaban, estos compromi-
sos históricos tenían consecuencias materiales, econó-
micas y políticas reales que perduraron mucho después
de la caída del Imperio azteca. Los toltecas se perpetua-
bles que requerían una afirmación constante, así como ron, pero su significado cambió con cada generación
manifestaciones geográficas, materiales y biológicas con- sucesiva.
Financiamiento
Esta investigación fue financiada en parte por una beca otorgada por la Fundación Nacional de Ciencias (NSF
DDIG 1156359), una subvención por parte de la Peyton 4 Douglas Wright Memorial Fellowship y una beca del
Departamental Continuing Fellowship Award de la Universidad de Texas.
Conflicto de intereses
La autora no declara ningún conflicto de intereses.
Sobre la autora
SHANNON DUGAN IVERSON (s.dugan.iverson(Qgmail.com) obtuvo su doctorado en Antropología en la Universidad de
Texas en Austin. Ha trabajado durante trece años como arqueóloga en México. En 2016-17 fue Mellon Postdoctoral
Fellow en el Humanities Research Center, Rice University, Estados Unidos de América. Forma parte del Consejo
Editorial de la revista científica Arqueología Iberoamericana.
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O 2018 ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA S3: 28-34. ISSN 1989-4104. http://laiesken.net/arqueologia/.
IMPLEMENTANDO UN ÍNDICE MÁS OBJETIVO PARA MEDIR LA
RELEVANCIA Y EL IMPACTO DE LAS REVISTAS CIENTÍFICAS
Implementing a More Objective Index to Measure the Relevance
and Impact of Scientific Journals
Pascual Izquierdo-Egea
Laboratory of Theoretical Archaeology, Graus, Spain
(arqueologiaClaiesken.net)
RESUMEN. Se propone un índice capaz de medir de forma absolutamente objetiva la relevancia de las revistas científicas
en función de su producción y juventud, evitando así el uso de parámetros tan suceptibles de ser manipulados como las
citas de las que tanto se abusa hoy en día. A pesar de ello, para convencer a los escépticos, se introduce otro índice
incluyendo las citas además de los referidos parámetros.
PALABRAS CLAVE. Índice; relevancia; impacto; revistas científicas; bibliometría.
ABSTRACT. This brief communication presents an index capable of measuring the relevance of scientific journals in
terms of a completely objective way, based on their production and early age, thus avoiding the use of parameters as
susceptible to being manipulated as the citations that are so abused today. In spite of this, to convince the skeptics,
another index is introduced, including citations in addition to the referred parameters.
KEYWORDS. Index; relevance; impact; scientific journals; bibliometrics.
INTRODUCCIÓN
Ante el patente abuso de las multinacionales que
controlan a nivel mundial tanto la edición de la mayo-
ría de las revistas científicas como la gestión de los prin-
cipales índices de impacto de las mismas, asumidos por
todas las instituciones e investigadores sin reparar en
las graves deficiencias que presentan, se proponen aquí
dos alternativas para superar esos inconvenientes que
ponen en tela de juicio la fiabilidad de la bibliometría
empleada habitualmente.
Hay pruebas fehacientes de que las grandes multi-
nacionales y los grupos de investigación que colaboran
con ellas cometen errores de bulto que perjudican a al-
gunas revistas y benefician descaradamente a otras que,
casualmente, pertenecen a las gigantescas editoriales que
monopolizan la edición científica internacional. El pro-
cedimiento empleado para llevar a cabo esa mala prác-
tica consiste en omitir deliberadamente un buen nú-
mero de citas recibidas por revistas de la competencia.
Curiosamente, algunas de las más afectadas son publi-
caciones independientes que ya destacan a pesar de su
juventud. El propósito perseguido por esa dañina ma-
nipulación de los datos es hundir a los rivales en la más
absoluta irrelevancia para eliminar la posibilidad de que
en el futuro puedan hacerles sombra. Naturalmente, este
sucio juego no se limita a falsificar las citas reales sino
que también entra en escena una sutil y eficiente ma-
quinaria de citas entre las numerosísimas revistas cien-
tíficas publicadas por los poderosos grupos editoriales
multinacionales. Obviamente, esa técnica dispara es-
candalosamente las citas que reciben sus publicaciones,
haciendo que siempre aparezcan en las primeras posi-
ciones de las clasificaciones de los índices de impacto.
Recibido: 7-6-2018. Aceptado: 14-6-2018. Publicado: 21-6-2018.
Edited + Published by Pascual Izquierdo-Egea. English proofreading by Michelle Young.
Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://purl.org/aia/S302.
ARQUEOL. IBEROAM. 83 (2018) + ISSN 1989-4104
METODOLOGÍA
Esta nueva aportación bibliométrica continúa la la-
bor iniciada recientemente (cf. Izquierdo-Egea 2018).
En ese primer paso ya se puso de relieve la necesidad de
considerar la inclusión de la juventud de una revista
científica a la hora de estimar su impacto.
El nuevo índice de relevancia ¿/, se determina divi-
diendo el logaritmo decimal de los artículos publica-
dos (D) durante los tres años (2014, 2015, 2016) pre-
vios al considerado (2017) por el logaritmo decimal de
la edad de la revista (T), contabilizando esta como el
número de años transcurridos desde su fundación:
log ¡y DP
MS ARAS (1
9 lg, 1
Es decir, la relevancia de una revista sería directamente
proporcional a su producción científica (D) e inversa-
mente proporcional a su edad. Los logaritmos atenúan
los valores de los parámetros facilitando la comparación
del índice obtenido.
A pesar de sus problemas implícitos, también se in-
corporan las citas recibidas (C) como tercer parámetro
a fin de que la comunidad científica aprecie las bonda-
des de los nuevos índices en toda su amplitud. No hay
excusas justificables para no admitir este otro índice de
impacto (¿/) en pie de igualdad con los que se emplean
habitualmente, considerando además su superioridad
en aspectos que estos últimos no contemplan:
¡¡i=—————— 0
O sea, el impacto de una revista dependería de for-
ma directa tanto de su producción científica (D) como
de las citas recibidas (C), siendo inversamente propor-
cional al tiempo transcurrido desde su fundación (IT).
RESULTADOS Y DISCUSIÓN
Las tablas 1 y 2 muestran los resultados obtenidos
aplicando, respectivamente, las fórmulas de los índices
¿J, e ¿] sobre los datos tomados de las bases de datos
Scopus (2018), SClmago (2007) y MIAR (2018; Ro-
dríguez-Gairín et al. 2011). Corresponden a las 100 me-
jores revistas de arqueología a nivel mundial. Cabe con-
trastar esta nueva clasificación con las ofrecidas por Sco-
pus y SClmago para observar y apreciar su eficacia. En
todo caso, supera a estas últimas al considerar la juven-
tud de una revista como un factor destacado a la hora
de valorar su relevancia científica. Y la introducción de
las citas recibidas en el cálculo del segundo índice (¿))
deja fuera de toda duda la eficiencia de esta nueva téc-
nica bibliométrica, más objetiva que las usadas en la ac-
tualidad al no dejar exclusivamente en manos de las ci-
tas el impacto de las revistas científicas.
Las tablas aparecen divididas, incluyendo cada una
de ellas 50 revistas. También se especifican, en la pri-
mera de ellas (2/,), los cuartiles correspondientes (Q1,
Q2, Q3, Q4). No se divisan en la segunda tabla, aun-
que es fácil su atribución: 1-25 (Q1), 26-50 (Q2), 51-
75 (Q3), 76-100 (Q4).
No corresponde a la naturaleza de esta breve comu-
nicación entrar en detalles sobre las clasificaciones re-
sultantes. En todo caso, se observan anomalías difíciles
de explicar, como la de alguna jovencísima revista edi-
tada por un poderosísimo grupo editorial que controla
uno de los dos principales índices de impacto. Se trata
de casos donde la publicación, apenas acabada de na-
cer, ya produce un elevado número de artículos y reci-
be innumerables citas. Todos pueden apreciarlo en los
resultados (cf. tablas 1 y 2). Es un ejemplo que remite
claramente a la problemática inherente a la gestión de
las citas por parte de las multinacionales que controlan
a nivel mundial tanto la mayor parte de la edición cien-
tífica como los índices de impacto de la misma.
CONCLUSIONES
1. Hay que acabar con la manipulación de las citas
recibidas porque han convertido a este parámetro en
un factor distorsionador del impacto real de una revis-
ta científica.
2. No solo se omiten deliberadamente y de forma
injustificable numerosas citas recibidas por algunas re-
vistas independientes que no forman parte de los gran-
des grupos multinacionales que controlan la edición
científica y los índices de impacto, sino que también se
cometen errores de bulto no menos graves como con-
tabilizar incorrectamente el número o la producción de
artículos publicados citables. Además, al contrastar las
principales bases de datos, por ejemplo Scopus y SCT
mago, no coinciden sus datos. Son demasiadas irregu-
laridades como para no vernos obligados a poner en tela
de juicio la fiabilidad de sus estadísticas. Todos tene-
19
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
00 YJ]O0O0u0ma One
Journal of Archaeological Science: Reports
Archaeological Research in Asia
Journal of Contemporary Archaeology
Heritage Science
International Journal of Paleopathology
Digital Applications in Archaeology and Cultural Heritage
Archaeological and Anthropological Sciences
Mediterranean Archaeology and Archaeometry
Journal of Cultural Heritage
Stratum Plus
Quaternary Science Reviews
Arqueología Iberoamericana
Holocene
Journal of Archaeological Science
Journal of Island and Coastal Archaeology
International Journal of Osteoarchaeology
Ethnoarchaeology
Archaeologies
International Journal of Historical Archaeology
Journal of Archaeological Method and Theory
Public Archaeology
Cambridge Archaeological Journal
Journal of Anthropological Archaeology
Journal of Conflict Archaeology
European Journal of Archaeology
Journal of Social Archaeology
Internet Archaeology
Complutum
Arqueología de la Arquitectura
Archaeological Prospection
Radiocarbon
Journal of Material Culture
Journal of African Archaeology
Current Anthropology
Archaeological Dialogues
Archaeometry
Geoarchaeology
Latin American Antiquity
Chungará
World Archaeology
Bioarchaeology of the Near East
Arqueología (AR)
Antiquity
Estonian Journal of Archaeology
Environmental Archaeology
Journal of Field Archaeology
African Archaeological Review
International Journal of Nautical Archaeology
Archaeologia Bulgarica
Archaeofauna
-30=
D 2014-16
632
36
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40
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258
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117
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52
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73
257
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40
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35
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T2017
¡J, 2017
9,304
5,170
4,192
3,410
2,112
2,661
2,352
2,070
2,060
1,989
1,959
1,953
1,893
1,806
1,734
1,704
1,681
1,605
1,590
1,516
1,470
1,462
1,454
1,453
1,430
1,425
1,422
1,385
1,380
1,368
1,367
1,366
1,358
1,357
1,341
1,334
1,332
1,318
1,307
1,301
1,301
1,295
1,261
1,231
1,288
1,268
1,228
1,228
1,187
1,183
Tabla la. Clasificación (2/,) de las 100 mejores revistas arqueológicas internacionales en función directa de su producción
científica (D) durante el trienio 2014-16 e indirecta de la edad en años (T) desde su fundación (hasta 2017).
Cuartil
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
Q1
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ARQUEOL. IBEROAM. 83 (2018) + ISSN 1989-4104
51
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73
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95
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98
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100
Oxford Journal of Archaeology
Estudos do Quaternario
Estudios Atacameños
Journal of Roman Archaeology
Bulletin de la Société Préhistorique Francaise
Australian Archaeology
Historical Archaeology
American Antiquity
Journal of Mediterranean Archaeology
Lithic Technology
Azania
Post-Medieval Archaeology
Documenta Praehistorica
Near Eastern Archaeology
Archaeology in Oceania
Journal of Archaeological Research
Trabajos de Prehistoria
Archaeology
Levant
North American Archaeologist
Lucentum
Zephyrus
South African Archaeological Bulletin
Munibe Antropologia-Arkeologia
SPAL
Industrial Archaeology Review
Hesperia
Rock Art Research
Journal of Egyptian Archaeology
Medieval Archaeology
Pyrenae
Archeologia e Calcolatori
Estudios de Cultura Maya
Israel Exploration Journal
American Journal of Archaeology
Current Swedish Archaeology
Archivo Español de Arqueología
Journal of Wetland Archaeology
Journal of Near Eastern Studies
Norwegian Archaeological Review
Femnoscandia Archaeologica
Revue Numismatique
Anatolian Studies
Acta Archaeologica
Journal of Hellenic Studies
Journal of Roman Studies
Revue Archéologique
Analecta Praehistorica Leidensia
Archivo de Prehistoria Levantina
Queensland Archaeological Research
al.
D 2014-16
66
34
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17
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38
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66
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53
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¡J, 2017
1,178
1,177
1,174
1,162
1,160
1,155
1,136
1,121
1,096
1,088
1,084
1,071
1,059
1,056
1,054
1,049
1,044
1,032
1,026
1,021
0,992
0,974
0,972
0,970
0,958
0,933
0,922
0,921
0,920
0,919
0,907
0,893
0,886
0,880
0,873
0,845
0,842
0,830
0,827
0,817
0,313
0,797
0,787
0,754
0,723
0,707
0,701
0,698
0,631
0,460
Tabla 1b. Clasificación (¿/,) de las 100 mejores revistas arqueológicas internacionales en función directa de su producción
científica (D) durante el trienio 2014-16 e indirecta de la edad en años (T) desde su fundación (hasta 2017).
Cuartil
Q4
Q4
Q4
Q4
Qe
Q4
Q4
Q4
Q4
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Q4
Q4
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Q4
¡ej
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Qe
Q4
Q4
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Q4
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ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
Tabla 2a. Clasificación (1/) de las 100 mejores revistas arqueológicas internacionales en función directa de su producción científica
(D) durante el trienio 2014-16 y las citas recibidas (C) por esta en 2017, e indirecta de la edad en años (T') desde su fundación.
D 2014-16 T 2017 C 2017 ¡iJ 2017
1 Journal of Archaeological Science: Reports 632 2 167 26,840
2 Archaeological Research in Asia 36 2 39 8,226
3 Journal of Contemporary Archaeology 100 3 79 7,954
4 Heritage Science 113 4 200 7,847
5 Quaternary Science Reviews 1059 35 A771 7,207
6 Journal of Archaeological Science 891 43 2639 6,179
7 International Journal of Paleopathology 129 6 157 5,956
8 Journal of Cultural Heritage 343 17 724 5,892
9 Holocene A7T7 26 1158 5,800
10 Archaeological and Anthropological Sciences 133 8 217 5,495
11 Digital Applications in Archaeology and Cultural Heritage 40 4 69 4,893
12 International Journal of Osteoarchaeology 258 26 309 4,244
13 Mediterranean Archaeology and Archaeometry 311 16 101 4,149
14 Current Anthropology 271 62 586 3,757
15 Journal of Archaeological Method and Theory 116 23 293 3,740
16 Journal of Anthropological Archaeology 176 35 324 3,651
17 Journal of Island and Coastal Archaeology 72 11 111 3,648
18 Radiocarbon 257 58 437 3,609
19 Archaeometry 230 59 328 3,355
20 Cambridge Archaeological Journal 117 26 172 3,268
21 Antiquity 291 90 383 3,257
22 World Archaeology 154 48 268 3,159
23 International Journal of Historical Archaeology 117 20 91 3,114
24 Stratum Plus 314 18 28 2,879
25 Journal of Social Archaeology 52 16 94 2,812
26 Geoarchaeology 97 31 128 2,807
27 European Journal of Archaeology 94 24 88 2,780
28 American Antiquity 140 82 273 2,/32
29 Archaeological Prospection 73 23 98 2,125
30 Journal of Field Archaeology 118 43 130 2,681
31 Chungará 145 45 101 2,620
32 Environmental Archaeology 94 34 101 2,582
33 Arqueología Iberoamericana 58 8 21 2,582
34 Latin American Antiquity 77 27 88 2,563
35 Journal of Material Culture 64 21 72 2,537
36 Archaeological Dialogues 67 23 12 2,491
37 African Archaeological Review 76 34 98 2,445
38 Ethnoarchaeology 33 8 23 2,290
39 Archaeologies 54 12 24 2,216
40 Australian Archaeology 71 43 81 2,204
41 Journal of Archaeological Research 28 24 126 2,202
42 Internet Archaeology 76 21 34 2,178
43 Journal of African Archaeology 36 14 38 2,145
44 Oxford Journal of Archaeology 66 35 58 2,078
45 Near Eastern Archaeology 101 79 92 2,074
46 Azania 71 51 73 2,020
47 Complutum 91 26 28 2,004
48 Lithic Technology 63 45 69 2,001
49 Estudios Atacameños 85 44 49 1,984
50 Documenta Praehistorica 67 53 70 1,954
eE y 0
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
Tabla 2b. Clasificación (2/) de las 100 mejores revistas arqueológicas internacionales en función directa de su producción científica
(D) durante el trienio 2014-16 y las citas recibidas (C) por esta en 2017, e indirecta de la edad en años (T') desde su fundación.
D 2014-16
51 International Journal of Nautical Archaeology 107
52 Archaeology in Oceania 63
53 Levant 53
54 Journal of Mediterranean Archaeology 40
55 Journal of Roman Archaeology 50
56 Trabajos de Prehistoria 68
57 Historical Archaeology 85
58 South African Archaeological Bulletin 64
59 Public Archaeology 70
60 Post-Medieval Archaeology 66
61 American Journal of Archaeology 71
62 Bioarchaeology of the Near East 20
63 Archaeofauna 45
64 Arqueología (AR) 68
65 Bulletin de la Société Préhistorique Francaise 70
66 Hesperia 60
67 Estonian Journal of Archaeology 40
68 Arqueología de la Arquitectura 42
69 Medieval Archaeology 43
70 Current Swedish Archaeology 38
71 Zephyrus 60
72 Norwegian Archaeological Review 24
73 Munibe Antropologia-Arkeologia 60
74 Journal of Near Eastern Studies 57
75 Estudos do Quaternario 34
76 Anatolian Studies 27
TÍ Femnoscandia Archaeologica 18
78 Estudios de Cultura Maya 36
79 North American Archaeologist 41
80 Archaeologia Bulgarica 35
81 Archivo Español de Arqueología 45
82 Rock Art Research 25
83 Israel Exploration Journal 40
84 Lucentum 34
85 Journal of Hellenic Studies 35
86 Pyrenae 36
87 Journal of Roman Studies 27
88 Journal of Conflict Archaeology 37
89 SPAL 21
90 Industrial Archaeology Review 32
91 Journal of Egyptian Archaeology 71
92 Archeología e Calcolatori 19
93 Analecta Praehistorica Leidensia 16
94 Acta Archaeologica 29
95 Revue Numismatique 63
96 Archivo de Prehistoria Levantina 17
97 Archaeology 79
98 Journal of Wetland Archaeology 10
99 Revue Archéologique 37
100 Queensland Archaeological Research 5
-33-
T2017
45
51
48
29
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0,938
0,921
0,917
0,838
0,828
0,766
0,707
0,693
0,670
0,652
0,643
0,624
0,590
0,587
0,557
0,380
0,311
0,250
0,211
0,139
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
mos derecho a saber la verdad aunque resulte incómo-
da. Y la realidad es que hay errores imperdonables y
omisiones tremendamente sospechosas que benefician
a los poderosos y perjudican a los débiles.
3. Todos estos fallos ponen en entredicho la validez
del sistema tradicionalmente empleado. Hay que bus-
car alternativas absolutamente fiables. La modesta apor-
tación aquí presentada propone dos nuevos índices para
medir la relevancia (7/,) y el impacto (2) de las revistas
científicas. Los resultados obtenidos demuestran su efi-
cacia y eficiencia, lo cual implica que tanto los investi-
gadores como sus instituciones deberían abrir los ojos
y empezar a echar mano de alternativas verdaderamen-
te objetivas que erradiquen la manipulación de las ci-
tas y valoren en su justa medida la importancia de los
medios de comunicación donde son publicados sus tra-
bajos científicos. El segundo índice ()) quizás sea el más
fácilmente asumible de forma inmediata por conjugar
tres factores en su estimación sin descartar la inclusión
de las citas recibidas.
4. Dichos índices son mejores porque solucionan las
graves deficiencias presentes en los demás. Van a ser
REFERENCIAS CITADAS
publicados en línea para que todos los investigadores y
las instituciones académicas tengan conocimiento de
su existencia y puedan comprobar su tremenda trans-
parencia y objetividad a la hora de valorar la relevancia
y el impacto de las revistas científicas.
Reflexión final
«Seamos serios y no manipulemos la información a
favor de unos u otros en función de los intereses que
estén en juego. Nos movemos en un mundo controla-
do por grandes multinacionales que no sienten pudor
alguno a la hora de controlar los índices de impacto
(cf. Schekman y Patterson 2013) decantando la balan-
za a su favor. Hágase ciencia también en la bibliome-
tría de forma que los resultados sean lo más objetivos
posibles. Basta ya de adulteraciones y omisiones inten-
cionadas para perjudicar a unos y beneficiar a otros. Ya
va siendo hora de ser justos y acabar con la dictadura
imperante democratizando los índices bibliométricos»
(Izquierdo-Egea 2018: 38).
IZQUIERDO-EGEA, P. 2018. Implementando un índice que pondere el impacto de una revista científica en función de su
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1,
O 2018 ARQUEOLOGÍA IBEROAMERICANA S3: 35-37. ISSN 1989-4104. http://laiesken.net/arqueologia/.
Guillermo N. Lamenza,* Susana A. Salceda,* Horacio A. Calandra ?
! FCNyM (UNLP)-CONICET, La Plata-Buenos Aires, Argentina; ? CONICET, La Plata-Buenos Aires, Argentina
(glamenzaCfcnym.unlp.edu.ar, ssalcedaCfcnym.unlp.edu.ar, hcalandra_GChotmail.com)
El Cachapé IV B
e |
2 metros
100
a M
Figura 1. A) Localización geográfica del sitio El Cachapé Potrero IVB. B) Plano de planta del sitio
con la distribución de cuadrículas. C) Vista externa del sitio.
RESUMEN. Se presentan avances de las investigaciones arqueológicas en el Chaco argentino, orientadas a la
identificación de componentes alfareros a través del uso de técnicas numéricas. Como resultado, se obtiene un modelo de
similitud entre niveles excavados por cuadrícula que los vincula entre sí. A fin de testear la técnica, se realizaron dataciones
Recibido: 22-11-2018. Aceptado: 27-11-2018. Publicado: 3-12-2018.
Edited e Published by Pascual Izquierdo-Egea. Endorsed by Hilton Daniel Drube * Susana Elisa Martínez.
English proofreading by Romina Bona. Arqueol. Iberoam. Open Access Journal. License CC BY 3.0 ES. http://purl.org/aia/S303.
ARQUEOL. IBEROAM. 83 (2018) + ISSN 1989-4104
radiocarbónicas de los agrupamientos resultantes que confirman la existencia de dos ocupaciones humanas diacrónicas.
Este caso de aplicación refuerza la validez del procedimiento analítico, permitiendo optimizar la selección de muestras
para la realización de fechados. Asimismo, pone en consideración el criterio de revisión de la información zooarqueológica
previa para probar la existencia de variación ecotemporal en la disponibilidad y estructura de los recursos.
PALABRAS CLAVE. Taxonomía numérica; alfarería arqueológica; Gran Chaco sudamericano.
ABSTRACT. The advances in archaeological research in the Argentine Chaco designed to identify pottery components
through the use of numerical techniques are presented. As a result, a similarity model linking the levels excavated with
grids is obtained. To test the technique, radiocarbon dates on samples of the resulting groupings were made, which
confirm the existence oftwo diachronic human occupations. This application case reinforces the validity of the analytical
procedure allowing to optimize the selection of samples for producing radiocarbon dates. l+ also considers the review
criterion of previous zooarchaeological information to prove the existence of'eco-temporal variation in the availability
and structure of resources.
KEYWORDS. Numerical taxonomy; archaeological pottery; South American Gran Chaco.
INTRODUCCIÓN profundizar en el análisis de la variabilidad intrasitio
de los conjuntos cerámicos y ajustar la resolución tem-
Las investigaciones arqueológicas en el Gran Chaco poral de las ocupaciones arqueológicas.
sudamericano han comenzado a revertir el estado de
desconocimiento que caracterizaba a la región (Calan-
dra y Salceda 2008). La incorporación de herramientas
teóricas y técnicas de utilidad para mejorar la compren-
sión de las sociedades chaqueñas prehispánicas nos ha
llevado a incorporar metodologías de análisis multiva-
riante (Lamenza 2015). En esta oportunidad presenta-
mos un caso de aplicación que tuvo como propósito
Pl11N6
P4N6
P8N6
P1INSE
P8N5
PENSE
Pl11N4
MATERIALES Y MÉTODOS
Se toma como referencia el sitio arqueológico El
Cachapé Potrero IVB (26,87” de latitud sur; 58,95” de
longitud oeste). La información básica proviene de 575
fragmentos de alfarería obtenidos en recolección super-
A
PEN4
SONDEO
B2
B1
035
Figura 2. Representación gráfica del agrupamiento resultante.
1-08
ARQUEOL. IBEROAM. $3 (2018) + ISSN 1989-4104
ficial, sondeo y excavación sistemática (fig. 1). Las ca-
racterísticas del sitio han sido presentadas en otras opor-
tunidades (cfr. Santini 2009, Lamenza 2013, entre
otros). En este caso se utilizó la metodología propuesta
en Lamenza (2015), considerando como variables as-
pectos morfoscópicos de la superficie externa y unidades
taxonómicas operativas (OTUs, sensu Sneath y Sokal
1973) a cada nivel por cuadrícula excavada. La matriz
básica de datos (MBD) estandarizada fue analizada a
través de técnicas de agrupamiento utilizando el pro-
grama N7SYSpc 2.01c. Las distancias entre OTUs re-
sultan de la aplicación de un coeficiente de similitud
entre cada par posible. Con la matriz de similitud (MS)
obtenida se construyó un fenograma utilizando el mé-
todo Unweighted Pair Group Method with Arithmetic
Mean (UPGMA). Los resultados obtenidos permitie-
ron complementar la información cronológica a través
de la realización de dataciones radiocarbónicas.
RESULTADOS
Como se observa en la figura 2, el agrupamiento re-
sultante da cuenta de dos clusters principales. Uno, de-
nominado A, está representado por los niveles inferiores
de las cuadrículas 4, 8 y 11. Cabe mencionar que el nivel
inferior de la cuadrícula 11 proveyó material óseo
faunístico datado en 1680 + 100 años '*C AP (LP1734).
El otro cluster (B) agrupa los niveles superiores de las
cuadrículas 4 y 8 y la totalidad de la 15. Aquí también
se integran los materiales recuperados en recolección
superficial y los del sondeo estratigráfico. Dentro de este
grupo pueden diferenciarse dos conjuntos, uno (B2)
BIBLIOGRAFÍA
conformado por los niveles intermedios (entre 30 y 40
cm) de las cuadrículas 15 y 8 y otro (B1) por los frag-
mentos recuperados en los niveles superiores (entre 20
y 30 cm) de la cuadrícula 8 y los hallados entre los 40 y
60 cm de las cuadrículas 4 y 15.
Esta información posibilitó la obtención de una
datación para el subgrupo B1 (nivel inferior de la cua-
drícula 15) que dio como resultado 820 + 70 años '*C
AP (LP-2506).
CONCLUSIONES
Estos avances sugieren ajustar la resolución cronoló-
gica de los componentes identificados y fundamentan
el reanálisis del conjunto arqueofaunístico, a fin de
poner a prueba la posibilidad de variación temporal en
la disponibilidad y estructura de los recursos explota-
dos por las antiguas sociedades chaqueñas.
Agradecimientos
A Eduardo Bolo Bolaño por poner a disposición su
querido El Cachapé, su pasión por la arqueología, amis-
tad y ser parte del equipo. A Mariano Santini, Alejan-
dro Tobisch, Marcos Plischuk, Luis del Papa, Ana Paula
Porterie y Belén Aguirre que colaboraron en las sucesi-
vas excavaciones. Estas investigaciones son financiadas
por la Universidad Nacional de La Plata y el Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Ar-
gentina) a través de proyectos acreditados (PIP n.2 0111
y 11/N846, respectivamente).
CALANDRA, H. A. €5S. A. SALCEDA. 2008. Cambio y continuidad en el Gran Chaco. De las historias étnicas a la prehistoria.
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07
ARQUEOL. IBEROAM. 83 (2018) + ISSN 1989-4104
ARQUEOLOGÍA
IBEROAMERICANA
DÉCIMO ANIVERSARIO
2009-2019
ACABOSE DE IMPRIMIR
EL SUPLEMENTO 3 DE LA REVISTA
ARQUE OLOGÍA IBEROAMERICANA
EL DÍA 31 DE DICIEMBRE DEL AÑO 2018
EN EL LABORATORIO DE ARQUEOLOGÍA T'EÓRICA,
GRAUSs, ESPAÑA, COMUNIDAD IBEROAMERICANA DE NACIONES.
E
acne] zan
NORTH
PACIFIC
OCEAN
| Arabian
Sea
|
|
|
|
|
]
SOUTH INDIAN |
ATLANTIC
OCEAN |
ISSN 1989-4104
9"771989"410005